El Viaje

 

 

 


         Una de las villas de más rancio abolengo, más pintoresca y atrayentes, no sólo en Guadalajara sino de Castilla entera tan pródiga en pueblos sugestivos por su arte y su historia, es la famosa Brihuega, enclavada en el corazón de la Alcarria.


        Brihuega es encantadora por su situación, por sus alrededores, por su noble aspecto antañón, por sus recuerdos históricos, por sus joyas artísticas y el carácter simpático en extremo, de sus habitantes. A tal punto es verdad cuanto digo, que quien acuda a verla por vez primera, vuelve seguramente.

        Desde Madrid, puede hacerse el viaje de ida y vuelta en un día, con muchas horas disponibles para visitar la población y sus alrededores; es casi seguro que quien llegue a Brihuega con designio de regresar a la tarde, no puede resistir la tentación de prolongar su estancia un día o dos más; sin embargo, ciñéndome a la satisfacción y cumplimiento del primer propósito, voy a escribir una guía turística para el visitante apresurado.

         Carretera de Madrid a Zaragoza. Dejada atrás Guadalajara, después de recorridos unos quince Kilómetros, tras un recodo aparece el pueblo de Torija, asomado desde la meseta alcarreña, ostentando la romántica silueta del histórico castillo y la cuadrada torre de notable iglesia del sigo XVI, digna de ser visitada. Allí se deja la carretera general, y atravesado el pueblo se sigue por otra muy bien conservada a través de la meseta de la Alcarria; entre grandes manchones de robledales aparece a la derecha el pueblecito de Fuentes de la Alcarria, de insospechable y enfiscada situación, y por fin, recorridos dieciséis kilómetros desde Torija, la carretera se hunde en una especie de embudo trazando rápidas curvas, apareciendo en el fondo de aquél una pequeña población de encantador conjunto, rodeada de murallas aportilladas, precedida de hermosa alameda, con las torres de sus iglesias destacando por encima del casería, y un curioso edificio en forma de (sartén) con bellísimo jardín colgado sobre el hondo y pintoresco valle del Tajuña; estamos en la heroica Brihuega, villa arzobispal luego de ser quinta de recreo de los reyes moros de Toledo, y pueblo que se incorporó definitivamente a los anales patrios por los memorables sucesos en él acaecidos durante la guerra de Sucesión. Desde la carretera serpenteante en la cuesta,

        Brihuega se muestra al viajero como mujer que se sabe hermosa, enseñando sus encantos externos de modo que ninguno pase desapercibido; sólo merecedoras de que se las contemple desde lejos y en su conjunto; Brihuega por dentro, es tan sugestiva o más que contemplada desde las alturas alcarreñas o desde el riente valle del Tajuña, colgada como un nido a mitad de la abrupta ladera. Al terminar la pendiente, comienza a sonar la música de Brihuega, que es la sinfonía del agua al caer por los caños de sus fuentes, al precipitarse en cascadas cantarinas junto a los obscuros muros del castillo entre escalonados hortales; y a esa música melodiosa entonada a toda hora por la Naturaleza, se añade otra también peculiar de Brihuega, que es la formada por la risa cascabelera y el parloteo alegre de los brihuegos, gente alegre, comunicativa, afectuosa y retozona como los meridionales, remarcable sobre todo en este país alcarreño donde la gente es tan honrada como seria, si cordial y afectuosa en el fondo, arisca y seca en apariencia; más adelante explicaré el por qué de tales diferencias.