Uno de los mayores encantos de Córdoba son sus plazuelas. Al ser un trayecto que
por razones familiares recorro con frecuencia, me desplazo por Santa Marina y a
través de la calle Zarco desemboco en San Agustín, lugar emblemático de nuestra
ciudad, plaza de tantos recuerdos. Con buen criterio se eligió dicho lugar para
erigir un monumento a uno de los hombres que más y mejor ha cantado a Córdoba,
Ramón Medina. A través de sus coplas podemos hacer un bello recorrido por
nuestros patios, cruces, romerías, feria, Navidad, etc.
Nació en Brihuega (Guadalajara), un 7 de junio de 1891, llegando a nuestra
ciudad con 10 años. Muy pronto supo captar el embrujo de nuestra tierra y llevar
a sus canciones el alma de la Córdoba romántica. Por ello, cuando paso por la
plaza de San Agustín y contemplo el estado de olvido en que se encuentra, siento
nostalgia y tristeza. Hay que llevar una lupa para saber a quién pertenece la
estatua, y el entorno, sin una flor o fuente, todo el exorno a base de piedra,
es lo más duro y menos evocador que se puede pedir a uno de los rincones más
típico y y castizo de nuestra ciudad.
Se está trabajando para recuperar el convento de San Agustín, templo que nunca
debió llegar al estado de deterioro al que llegó. Una vez abierto al público
será un lugar de encuentro para el mundo de la cultura, con lo que atraería sin
duda a visitantes de todos los rincones del mundo, dando vida de nuevo a un
barrio en el que se funden todas las tradiciones cordobesas.
Desde esta columna de opinió, aprovecho para pedir a nuestro Gobierno Municipal
que ponga en marcha la idea de remozar y dar categría a la plaza elegida para
recordar al compositor y maestro nacido en Brihuega, pero cordobés donde los
haya: Don Roberto Ramón Medina, aquel que convirtiera nuestra Mezquita en la
flor más lozana del suelo andaluz y en hechicera a la mujer cordobesa nacida en
el barrio de San Agustín.
Manuel Pavón Torres.
Córdoba.