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Leyendas
La Virgen de la aldea
| Yo vi, yo vi su ermita junto al arroyo de abundosas aguas que al deslizarse por las peñas raudo dulcísimas endechas le cantaba, y me senté bajo el nogal añoso de retorcidas ramas que a medias recubrían de sus muros la venerable traza, sirviendo con sus hojas en verano de graciosa cortina a sus ventanas. Allí estaba su altar, el de María, el de la Inmaculada, la Virgen más hermosa de los Cielos, la Madre más amada de aquellos campesinos, de aquellas aldeanas, que a porfía cubríanla de flores, cuidaban de su lámpara, y sencillas contábanle sus cuitas, y fervientes le hacían sus plegarias. Yo presencié sus fiestas alegres, pintorescas, entusiastas, las fiestas de la Virgen con tamboril y gaita, basquiñas y pañuelos de colores, que salían del fondo de las arcas en busca de la luz y los aromas de aquellos valles hondos de mi Alcarria vestidos de romeros y tomillos, de alhucemas y albahacas, donde liban su néctar las abejas con que sus mieles y su cera labran, las mieles que al rapaz saben a gloria, la cera que ilumina el ara santa. Cuando a la puerta de la ermita aquella la Virgen se asomaba hermosa, sonriente, placentera como de mayo la mejor mañana, sobre los hombros de fornidos mozos para ser a la Iglesia trasladada, el pueblo enloquecía de contento, y de contento sin querer lloraba. La parlerilla esquila, lanzando al viento su mejor tonada, despertaba los ecos de aquel valle, y todo allí cantaba: el arroyo en su lecho pedregoso, la avecilla escondida entre las ramas, los niños y las mozas que, henchidas de emoción y congregadas junto al lindo estandarte de María, todas con su medalla, llenas de amor en fervorosos himnos, Estrellan la llamaban, y cielo y rosicler y palomica, y Madre toda pura, ¡Inmaculada! Cuando las sombras de la noche triste |