Leyendas

 

                        El Viático

El sol se fué ocultando
por los lejanos cerros,
perdiéndose en las nubes
sus últimos reflejos.

Las yuntas y gañanes
dejaron el barbecho
y luego se poblaron
caminos y senderos
de honrados campesinos
que tornaban al pueblo,
buscando de sus casas
el amable sosiego.

Al Angelus tocaron
las campanas del pueblo,
y aquellos aldeanos,
sus charlas suspendiendo,
con devoción ingenua
modularon sus rezos.

De pronto un campanillo
oir dejó sus ecos
dulcísimos, vibrantes,
acompasados, lentos,
que en la región del alma
entraba muy adentro,
como cosas muy suyas,
y de cariño inmenso.

Eso, decían todos,
es por el tío Aniceto,
que como está apurado
le van a dar lo bueno.

Y lo bueno era Cristo
oculto entre los velos
de la Hostia inmaculada
del Santo Sacramento,
que a modo de Viático,
se lleva a los enfermos.

Y como eran cristianos
aquellos lugareños,
en cuanto se veían
postrados en el lecho
con dos días de fiebre,
ya lo estaban pidiendo.

Ni siquiera aguardaban
que lo mandase el médico:
bastante él se tenía
con atender al cuerpo,
y bien sabían todos
que en el trance supremo
no había que dormirse
para ganar el cielo.

Seguía el campanillo
en la torre tañendo,
y los hombres, apenas
dejados los aperos
y encerrado el ganado,
se subieron al templo.

Ya sale por el atrio
el devoto cortejo,
rezando Misereres,
y muchos Padrenuestros;
las mujeres veladas
los hombres descubiertos,
que hasta el párroco mismo
se quitó el solideo
porque en sus manos lleva
al Dios de tierra y cielos.

La campanilla indica
su paso por el pueblo,
y al oirla las gentes
se postran en el suelo.

En todas las ventanas
hay farolillos puestos,
y son tantas las luces
que avanzan cual reguero
de estrellas rutilantes;
que bien parece aquello
un cielo más hermoso
que el mismo firmamento,
el cielo de las almas
de aquellos lugareños
que sienten la grandeza
del más dulce misterio.
              * * *
Tal vez de esto hagan burla
espíritus modernos
que más allá no miran
del material progreso;
pero a mi pobre juicio
sus montañas de hierro,
sus hilos, sus calderas
y todos sus inventos,
aunque mucho se encumbren,
no valen lo que aquello.

¡Hermosa fe cristiana,
contigo todo es cielo
cuando faltas del alma
todo se pone negro!

Deja que te bendiga .
en aquel pobre enfermo
que allí espera anheloso
recibir al Dios bueno.

Ya ha entrado en su morada
y al verle en su aposento
lágrimas de alegría
bañan su pobre lecho.

Recoge como puede
sus escasos alientos
para decirle a Cristo; .
¡en tí, Dios mío, creo',
y besando su imagen
y con El en su pecho
deja esta pobre vida
tranquilo, sonriendo.

Así morir sabían
aquellos hombres buenos,
y esto eran los Viáticos
de aquel cristiano pueblo.

 

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