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Leyendas
Valdehita
| ¿Y ya no quedan más que estos pedruscos que yacen en el fondo del barranco?... Nada más, y no es poco si el recuerdo aún rueda por aquí de aquel estrago, . porque pueblos mayores que Valdehita pasaron sin dejar siquiera rastro. Era ésta una aldehuela muy pequeña, pero alegre y hermosa como el claro cielo que nos cobija, recostada sobre esta misma loma que pisamos; tres docenas de casas, medio ocultas entre la verde olmeda; el campanario que, como buen pastor, con dulces silbos llama de cuando en cuando a su rebaño; cuatro cabras trepando por la cuesta, asnillo que retoza, erguido gallo sobre la barda del corral que canta, gorrión que acecha el codicioso grano desde el vecino alero, mientras guía canturriando el gañán su corvo arado, y la chica del amo hacia la fuente váse sentada sobre burro pardo, y toda una familia de labriegos, felices sin saberlo y muy honrados; aquesto era Valdehita, hasta que un día el demonio asomó por aquí el rabo y la del humo fué cosas muy viejas que se marcharon ya; recuerdo vago; diz que aquí se quisieron tiernamente un Juan y una María; de contado era ella una doncella como pocas de discreta y hermosa; él, mozo bravo, bueno, trabajador, pero muy pobre, y el padre de la moza era un avaro; con que el arroyo que hasta el puente arrastra ¿quién podrá, aunque se empeñe, vadearlo? Ya se casó María; el pueblo entero acompañó a sus bodas; un Camacho fué el dichoso mortal que de la chica logró obtener la codiciada mano; todos beben y gozan; de contento enloqueció aquel día el vecindario; tan sólo el pobre Juan, sin un amigo que le consuele, el alma hecha pedazos, vé que el cielo se nubla ante sus ojos y ni aun puede aliviarse con el llanto, y suspira tan hondo, tan profundo, que conmueve las peñas del barranco a donde fué a ocultar su mala suerte, a donde fué a medir su desamparo. Y ya la noche se le viene encima, el cielo por momentos va cerrando. Los ecos de la fiesta a sus oídos llegan confusos como el negro canto de la muerte a los bordes del sepulcro; siente frío en la entraña, desesperado no quiere vivir más, al fondo mira de las rocas y va a tirarse abajo, cuando una sombra se le acerca muda, algo como maléfico endriago que calienta su pecho y le embriaga, colócale una cosa entre las manos que él aprieta convulso; por sus ojos cruza luego fatídico relámpago, y se va hacia la aldea; aquella noche anduvo suelto por Valdehita el diablo; gritos, imprecaciones, lastimeros ayes que conmovieron los cercanos montes; después, un pueblo que se acuesta para no despertar de su letargo. Cuantos bebieron en aquella noche el vino del riquísimo Camacho, y bebió de Valdehita el pueblo todo, su muerte y destrucción con él libaron. una vieja y un viejo solamente quedaron de esta ruina por milagro; él se acogió a Brihuega gemebundo, ella medrosa se marchó a Romancos, y las tierras y viñas de Valdehita a estos pueblos vecinos se agregaron. ¿Y Juan? Se lo llevó la sombra aquella que vio entre la maleza del barranco, con una carcajada que aún retumba entre las negras aguas de allá abajo. |