o «Lágrimas de una Reina»
Es esta una vieja historia
que aun se conserva en Beleña,
lugar en tiempos muy fuerte
del Ocejón en la sierra.
Yo escuché sus dulces ecos,
que incesantemente ruedan
por las aguas de sus fuentes
y los huecos de sus penas.
Me interesó desde luego
tan pintoresca leyenda,
que por ser de estas tierrucas
aquí consignada queda.
Junto al Sorbe, que arrastra
las ninfas de las sierras,
formando con las rocas de su lecho
caprichosas cascadas y revueltas,
manantial cristalino
corre de aguas muy frescas,
que fué en edad pasada hermoso baño
de Doña Urraca, la primera Reina
que ciñó la corona
de la española tierra;
si al menos lo dicen uniformes
los buenos moradores de Beleña;
y aun se eleva allí un lienzo
de una muralla vieja,
restos, sin duda, que cubrieron antes
los renombrados baños de la Reina.
Asi al menos lo dicen uniformes
los buenos moradores de Beleña;
y aun se eleva allí un lienzo
de una muralla vieja,
restos, sin duda, que cubrieron antes
los renombrados baños de la Reina.
Del caluroso estío
una mañana era
cuando acababa de salir del baño
la reina que a Zamora hubo en herencia.
Silenciosa cual nunca
y con cierta tristeza
que nublaba la tez de su semblante
contemplábala Aldonza, vieja dueña,
aya de confianza,
que alguna vez leyera
del porvenir en el cerrado libro
por aquietar caprichos de su Reina.
—¿Por qué estás triste, Aldonza?
¿Te aflige alguna pena?
La preguntó intranquila Doña Urraca.
—Si vos la causa de mil mal supierais...
—Dila, Aldonza, cuanto antes,
quiero pronto saberla.
—Pues que así lo queréis, lo sabréis todo;
dispensadme si, al fin, os doy molestia.
Cuando ayer os bañabais,
os advertí de cerca,
en las aguas hacíais blancas ondas
cual la luna que boga entre las nieblas.
Hoy he vuelto a observaros
y las hacíais negras;
no os asustéis por eso, Dios es grande;
mas aunque en sombras se engendró mi ciencia,
a través de esas aguas
os he mirado envuelta
en los negros crespones de una noche,
noche terrible de sangrientas guerras...
—Callad, os lo suplico,
dijo luego la Reina,
hilo a hilo soltando de sus ojos
lágrimas de dolor; no será cierta;
por nuestro bien decidme,
predición tan funesta.
—¡Ojalá, mi señora, que así fuese!
Pero del hado vuestro esa es la estrella;
bien os lo están diciendo
las lágrimas que ruedan
hasta llegar al baño vuestros ojos
pintando luego las menudas piedras.
Creyendo fuera sueño,
miró al baño la Reina;
no lloraron más lágrimas sus ojos
porque de espanto se quedaron secas.
Mas de allí en adelante
la gente de esta tierra
las virtudes pondera de estas aguas,
que, al tocar en su fondo las guijuelas,
píntanlas de colores
que rubíes y perlas asemejan,
recordando graciosas
lágrimas doloridas de una Reina. |