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Leyendas
La tonta del Valle
| Cuando todas las mozas del pueblo bajaban al baile y de fiesta en revuelta algazara pasaban la tarde; ella, sola con su corderillo, se subía a lo largo del valle por donde el arroyo arrastraba sus limpios cristales, más frondosa crecía la hierba, y las flores brotaban fragantes. Cantando subía los más tiernos y hermosos cantares, los que sólo el amor a las almas inspirarlos sabe, y cantando llegaba a la Iglesia a buscar a la Virgen, su Madre, la que siempre con ojos dulcísimos mira a los mortales, y rezar a los pies de su trono muy fervientes salves, ofrecerla los ramos de flores y su manto bendito besarle. Otras veces, metida en su casa, con los niños que hallaba en la calle, entre risas y algunos confites que para ellos sabía guardarse, les hablaba de Dios y del Cielo, como hacerlo pudieran los ángeles, con tanta riqueza de amor y detalles, que aun los más traviesos por subir a sus bellos alcázares, se dejaban lavar las caritas, y las rubias guedejas peinarse, y coserse los sietes rasgados de sus delantales;, ni se iban al lecho sin primero a la Virgen rezarle, las tiernas plegarias que ella sola sabía inspirarles. La llamaban las gentes la Tonta, «la Tonta del Valle». Cuando ella lo oía, más risueño ponía el semblante. ¡Si tenía las cosas más raras! ¡Era como nadie! una moza tan fresca, tan linda, no bajar al baile, ni admitir cortejos, ni nunca enfadarse, andar siempre entre niños y pobres, con quienes no parte ni su pan, ni su amor, porque enteros los da a cada instante. ¡Le faltaba por fuerza un sentido! ¡Con razón se quejaba su madre! La primer estrellita aparece, |