Leyendas

 

                Solo Dios basta

Cruzando del Valle la verde llanura
baja el riachuelo sus aguas al mar,
cansado y medroso, pues su sepultura
allí va a encontrar.

Las flores que riega le invitan corteses
a fijar entre ellas tranquilo su hogar,
bendice él la idea, y haciendo mil eses
las vuelve a besar.

Inútil empeño, sus aguas se aumentan
con las que de lejos llegándose van,
se anegan las flores, las balsas revientan
y en el fondo dan.

Así, hasta dormirle la muerte en sus brazos,
por valles y bosques de eterna ilusión,
el hombre camina dejando pedazos
de su corazón.

Las brisas, las flores, la música, el cielo,
le envuelven un día en nimbos de luz,
mas llega la noche con sombras y hielo
velando su cruz.

Y ¡ay! que del Calvario la cumbre sombría
con cruces y espinas es fuerza escalar.
¡Feliz quien la sube con santa alegría,
sin mirar atrás!

Sueños de la infancia, flores del camino,
amigos, amores que atrás os dejé,
¿no os veré ya nunca? ¡pobre peregrino!
¡os fuísteis!... ¿por qué?

Fuentes de mi tierra, sonoras cascadas,
torre de mi Iglesia, solariego hogar,
altar de la Virgen, ante cuyas gradas
aprendí a rezar.

Allá os quedasteis entre aquellas penas,
bajo aquel mi cielo, donde os puso Dios,
¿me habréis ya enviado, prendas alcarreñas,
vuestro último adiós?

Cuando mi cabeza se cubra de nieve
y sienta los pasos de mi atardecer,
quisiera en vosotras crepúsculo breve
encontrar mi ser.

La tumba que guarda mis amados muertos,
donde sus cenizas reposan en paz,
¿negará a mis huesos, desnudos y yertos,
hospitalidad?

No sé, mas si el cielo me tiene guardado,
mis queridos lares, tornaros a ver,
algo hay que me dice que el tiempo pasado
no puede volver.

Que el ave ya vieja, cuando torna al nido,
donde alegre diera su primer cantar,
en vano infelice, el eco perdido
pretende evocar.

... Que al hombre las cosas le ven como ajeno
por mucho que a ellas se quiera adherir,
sólo para el cielo es el hombre bueno,
donde ha de vivir.

Sueños de la infancia, flores del camino,
amigos, amores que atrás dejé,
no os veré ya nunca, pobre peregrino;
mas si tengo fe...

Fuentes de mi tierra, sonoras cascadas,
torre de mi Iglesia, solariego hogar,
altar de la Virgen, ante cuyas gradas
aprendí a cantar.

Allá os tendré lejos bajo aquel mi cielo;
mas si logra mi alma ir del bien en pos,
cuando se aproximen las noches de hielo,
las aguas perdidas del pobre arroyuelo
recogerá Dios.

 

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