Leyendas

 

                Mi rinconcito

Yo he gozado cuando niño en los brazos de mi madre
escuchando sus canciones y sus cuentos del hogar,
relamiéndome de gusto con los bollos y rosquillas
que atrapaba de un armario con pueril sagacidad.

Mayorcito, era mi encanto un huertuco que mi abuelo,
al abrigo de una peña de leyenda inmemorial,
consiguió a fuerza de días y sudores de su frente
arañando del pedrusco redondear su pegujal.

Como un nido de aguiluchos, asomábase a la vega,
sostenido por paredes y raigones de un moral,
de saúcos y parrales, que aun cortados muchas veces,
no dejaban a su tiempo de volver a retoñar.

Balconcillo tan risueño, tan florido y tan amado,
y de vistas tan hermosas, no le he visto como aquel,
¡qué de huertos verdegueantes, de figuras y matices
variados y en escalas se tendían a sus pies!

Canturreaba el hortelano vigilando su regato
que entre coles y frutales se veía serpear,
y más lejos, mi Tajuña, contenido por las presas,
al saltarlas bullicioso, modelaba su cantar.

Entre tanto, como un sueño, por la blanca carretera
que del rio en largo trecho no se atreve a separar,
un jinete se desliza y se esconde en sus recodos
y se pierde entre las sombras del oscuro robledal.

Los viñedos y los montes en las pardas lejanías
empinados hasta el Cielo que cobija aquel Edén,
muchas veces se encapuchan con guedejas de los nimbos
que en lloviznas venturosas se deshacen a placer,

Yo, al socaire de la peña, resguardado entre sus huecos,
escuchaba ¡con qué gusto! de la lluvia el gotear,
y aspiraba codicioso los suavísimos perfumes
que la tierra agradecida no dejaba de exhalar.

¡Cuántas veces con los ruidos del rodar de la tormenta
se enredaba el de los bronces convidando a la oración,
y los pájaros, medrosos, ascendían de los valles
a esconderse entre las grietas del vetusto torreón.


Porque encima de los huertos y las rocas que los guardan
aun se yergue de un castillo recia mole secular,
y un gran templo consagrado a la Reina de los cielos,
a la Virgen de la Peña, la Patrona del lugar.

Y aun más alto que las rocas, y que el templo y el castillo
y los altos de la Alcarria se alza el Cielo, se alza Dios,
y allá abajo, entre los surcos del huertuco de mi abuelo,
aunque mucho me empinase, ¡qué pequeño que era yo!

Corre el tiempo como el agua que del monte se desgaja,
como sombra perseguida por los haces de la luz;
y con él se va la vida, los jirones más preciados
de lo que era nuestro encanto, nuestra hermosa juventud.

El castillo con sus torres y la peña en que se asienta,
y los huertos y las tierras que se tienden a sus pies,
todo sigue como antaño; mas no me hablan como entonces
tan alegres, tan risueños, ni me dan aquel placer.

Es que el hombre, según sube por la cuesta de la vida,
halla en todo luz y flores, armonías, ilusión,
que se van luego esfumando según baja a la hondonada,
donde el frío se apodera de su pobre corazón.

Pero el frío es transitorio, y ni el polvo del sepulcro
envolver puede de su alma la estructura inmaterial;
si esta vida se le escapa es porque hay otra más rica,
y a buscarla donde se halle presuroso correrá.

Cuando pobre el arroyuelo va sus aguas agotando
por el lecho movedizo que le ofrece el arenal,
no le queda otro recurso al viajero del desierto
que llegar hasta el oasis a buscar el manantial.

Y el oasis y la fuente de la vida y de lo bello,
y de todo cuanto vale se halla arriba, se halla en Dios,
no en los secos arenales de esta tierra de miserias,
ni aun siquiera en los rastrojos del humano corazón.

A beber en los cristales de esa fuente inagotable,
casi rotas y agotadas las cisternas del erial,
yo me llego a un rinconcito solitario y escondido
donde el néctar de los cielos nunca cesa de manar.

Allí paso largas horas olvidado de mi mismo,
saboreando los misterios que del Cielo traen la luz;
rinconcito de mi vida, vive en él mi Dios amado,
bajo humildes apariencias allí mora el buen Jesús.

Una tenue lucecilla noche y día le acompaña
indicando a los mortales donde el bien ansiado está,
como aquella del Oriente, linda estrella que a los Magos,
inundándoles de gozo, les condujo hasta el Portal.

¡Qué pequeño todo el mundo me parece, Jesús mío,
cuando absorto ante el sagrario mi mirada pongo en Tí!
Los rincones de tu cielo, sus fontanas y tus huertos,
¡esos sí que son hermosos y son hechos para mi!

Ruja el cierzo, hosco y bravío, y arrebate la hojarasca
que recubre el pobre arbusto de la vida terrenal,
a las almas que se esconden en el pecho de Dios vivo
ni la muerte, ni el infierno, el amor les quitarán.

 

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