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Leyendas
Miel de La Alcarria
| Era Laura joven de las más esbeltas, más bella y graciosa que había en Brihuega. De tez sonrosada, aunque algo morena, cual pintarlas sabe la tierra alcarreña. Tenía una boca tan fina, tan fresca, y hablaban sus ojos con una elocuencia, que cuando se abrían cosa de ver era alegrarse el cielo, sonreír la tierra. Pero sobre todo era Laura buena, humilde, sencilla, candorosa, honesta, de una alma tan grande, tan noble, tan tierna, que a Dios le costara formarla más bella. ¿Y una criatura de tan ricas prendas pensaría alguno que feliz no fuera? Laura no cantaba aquellas endechas que hacían al barrio vestirse de fiesta; ni al baile va Laura con sus compañeras, ni cuida sus tiestos ni sus flores riega. ¡Minaba su alma muy honda tristeza! A un rayo de Febo, su corola abierta, despide la rosa su más suave esencia; mas si el sol se oculta y viene la niebla y con ella el frío, la rosa se cierra; un sol de otro día marchita la encuentra. Y rosa era Laura que en su primavera de un amor al fuego abrió la existencia; mas, como era pobre flor de la ladera, no de los jardines magnolia opulenta, desdeñóla Febo y vino la niebla y con ella el frío que las flores cierra; por eso está triste la hermosa alcarreña, por eso no luce sus trajes de flesta, ni canta, ni baila con sus compañeras, ni cuida sus tiestos ni sus flores riega. ¡Hay dentro de su alma mucha ilusión muerta! Cuando de la tarde las luces se acuestan y cesan los ruidos que agitan la tierra, sin faltar un día, en su manto envuelta, con los ojos bajos, se va hacia la Iglesia y allí de rodillas la pobre doncella, mirando a la Virgen, la cuenta sus penas. ¡Ay Madre del alma, Virgen de la Peña, cuántos corazones tu vista sosiega! Al pie de tu trono la luz reverbera, las sombras del templo son sombras que alientan; allí está la calma, la lucha está afuera; ¡oh naves del mundo volad, dáos priesa a echar en su puerto las áncoras vuestras! Laura ve a María que la mira tierna y de puro gozo su alma se enajena; ya no quiere el mundo que así regatea los bienes que auna la ruin materia; queden sus amores, amores de feria, para quien con ellos mezquino comercia; su amor, su cariño, toda su existencia serán para el cielo, que jamás desprecia una alma sencilla por pobre que sea. En tanto la noche tranquila se acerca, en la vieja torre la campana suena, fervorosa Laura el Angelus reza, a la Virgen mira y, al verla tan bella, llena de esperanzas en su hogar se encierra, se duerme y su sueño arrulla la abeja que con pobre espliego y humilde ajedrea labrar sabe rica la miel alcarreña. |