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Leyendas
La flor del Calvario
| —Madre, madre, allá arriba, junto al viejo castillo donde los aguiluchos tienen puesto su nido he cogido este ramo de flores tan bonito; mira, son todas rojas como labios de niño, y por lo diminutas, gotitas de rocío semejan que del cielo hubiesen descendido, ¿cómo se llaman, madre? —Sangre de Jesucristo. —¡Precioso nombre! —¿Acaso su historia no has oído? —Cuéntemela usted, madre, —Escúchala, hijo mío. Cuando Jesús subía el espero camino que lleva hasta el Calvario lugar de su suplicio, como iba tan llagado, como iba tan rendido, cayó en el duro suelo con la cruz oprimido; y había allí unas flores blancas como el armiño, donde posó su mano el Cordero Divino, humildes florecillas que a Dios dieron cobijo mientras le daban golpes los pérfidos judíos. Jesús aquellas flores las besó agradecido con su sangre bañando corolas y pistilos, y cuando, en la mañana del alegre domingo, por aquellos lugares fueron los angelitos de tan cruento drama buscando los residuos, al ver aquellas flores del borde del camino vestidas ya de rojo como labios de niño, los ángeles gritaron: «¡sangre, sangre de Cristo!», y cortando unas cuantas formaron un ramito que a la Virgen llevaron como recuerdo vivo de la Pasión sagrada, del amor de su Hijo. Desde entonces por Marzo, cuando a colgar sus nidos vuelven las golondrinas a nuestro hogar bendito, aun de esta pobre Alcarria, tierra de sacrificios, donde hay tantos calvarios, donde hay tantos martirios, las lindes del sembrado, los más amenos sitios se cubren de esas flores, gotitas del rocío con que salvó a las almas el Corazón de Cristo. |