Leyendas

 

            Familia Cristiana

Bajaba el pueblo por la altiva sierra
alegre con su Virgen, que cual águila
tenía arriba su nidal de amores,
santuario humilde de sencilla fábrica.

Bajaba en procesión, llevando en hombros
a su excelsa patrona y soberana
más contentos con Ella que el Profeta
al verse en posesión del Arca Santa.

Y bajaba cantando entre los robles,
que ya por las laderas verdegueaban,
las canciones más dulces de su tierra
al son del tamboril y de la gaita.

De los varios dispersos caseríos,
entre la abrupta serranía parda,
afluían racimos de aldeanos,
que la devota grey más engrosaban,
como los regatillos saltadores
del riachuelo las tranquilas aguas.

Abajo, en el remanso de la vega,
entre huertos y campos de labranza,
está la Villa con su amada Iglesia,
sus fuentes, sus callejas y su plaza.

Desde la humilde choza a la casona
todo el pueblo vestido está de gala;
estallan los cohetes en la altura
y sin cesar voltean las campanas,
porque muy pronto va a llegar su Virgen
y todos con amor filial la aguardan.

Yo los vi descender por la ladera,
abrirse paso entre las filas largas,
y llegar hasta el grupo que a la Virgen
en triunfo llevaba.

El era un mozallón fornido, esbelto,
como encinar que la cellisca aguanta,
vestido de chaqueta y calzón corto,
que ciñe senda faja.

Ella, la esposa fiel, siempre hacendosa,
la mujercita buena de su casa,
con su refajo verde, sus collares,
su pañuelo, su saya,
y una cara de gloria, parecía
de encendidos claveles fresca mata,
con su retoño al lado: un angelote
de irreprochable talla,
que lloraba y reía como el cielo
de abrileñas mañanas,
y a su fecundo seno
sustentaba la plácida serrana
con tan regocijado amor materno
como al justo acaricianle las gracias.

Llegaron hasta el grupo; con la Virgen
cruzaron sus miradas,
miradas de cariño, tan ardientes,
tan hermosas, tan santas,
que el corazón, a veces codicioso,
acudía a envolverlas en sus lágrimas.

El hombre unas perrillas
echó sobre las andas,
y un brazo de ellas recogió devoto,
y así adquirió el derecho de llevarla
a la que era de aquellos lugareños
la perla más preciada,
hasta que otro, acuciado de igual gusto,
y de las mismas ansias,
ofrendase otras pocas de monedas...
pero ella, la mujer, dióse tal maña
que siempre a su marido en el empeño
de llevar a su Virgen relevaba,
mientras el hombre, complaciente y bueno,
con el niño cargaba;
y era de ver el cuadro tan poético
yde tan bella traza
que la familia aquella,
tan noble, tan honrada,
a los pies de la Reina de los Cíelos
para solaz del alma presentaba.

Pues así son, por dicha, en nuestra tierra
las familias cristianas:
cielos de amores castos, inefables,
do se funden las almas
para vivir los mismos sentimientos
y llevar con amor la misma carga,
sin qne por un momento
acaricien la idea de arrojarla.

Saben ellos muy bien que fué Dios mismo
quien los unió en tan íntima lazada
y que no puede el hombre, temerario,
romper lo que Dios ata.

Y así cuando el hogar se llena de hijos
al cielo la mirada
álzase agradecida
llena de insuperable confianza.
«Que quien les dio cabeza,
montera les dará para abrigarla».

Así dicen los pobres,
¡y cómo el corazón así se ensancha,
y se cree feliz porque a Dios tiene!
Pues quien posee a Dios, nada le falta.

 

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