Es la víspera del día
en que a su excelsa Patrona,
Brihuega entusiasta entona
grandioso himno de alegría;
por obsequiar a María
que es su Reina y Soberana,
de ver es cómo se afana
tan cristiana población,
y para la gran función
se hermosea y engalana.
No hay en Brihuega mujer
que antes que la fiesta llegue
no limpie la casa y fregue
y la adorne a su placer;
con el bello amanecer
del quince de Agosto sueña,
¡ah! su Virgen de la Peña
cuando pasee sus calles
verá de montes y valles
toda la flora al carreña.
Bajará ella a la función
con sus trapitos mejores,
y de colchas de colores
adornará su balcón;
desde allí la procesión
devota verá pasar,
querrá una salve rezar
a su graciosa Morena,
y de emoción santa llena
no sabrá sino llorar.
Fiesta hermosa de María
en que el pueblo de Brihuega
con alma y cuerpo se entrega
a la más santa alegría;
preludio es de tan gran día
que el pecho impaciente espera
la procesión de la Cera
sin imagen ni pendón,
pero cuya tradición
piadoso el pueblo venera.
Un detalle es de notar
de este festival brihuego,
el manojito de espliego
que se acostumbra a llevar.
No queriendo yo ignorar
de esta costumbre el por qué
al pasado pregunté
y lo que él me respondió,
si el cielo me ayuda, yo
aquí lo consignaré.
Diz que en los tiempos aquellos
en que el pueblo que creía,
por todas partes veía
de lo divino destellos,
y así dichoso vivía;
Cuando de lo eterno en pos,
cristiano y cristiano neto,
si era en sus cosas completo,
en lo que atañía a Dios
ponía el mayor respeto.
La procesión de la Cera,
hoy tan a menos venida,
de la más lucida era
más vistosa y concurrida
que celebrarse pudiera.
Iba en ella el pueblo entero
con sus viejas Hermandades,
muy ufanos los cofrades
de la Virgen, todo el Clero,
hidalgos y autoridades.
Pues para que bien se entienda,
procesión de tal valía
significaba la ofrenda
que de vidas y de hacienda
la Villa a su Dios hacía.
Y Brihuega que blasona
de pueblo cristiano ser,
lo mismo que ahora, ayer
llegaba ante su Patrona
cuanto tenía a ofrecer.
La paloma más graciosa
que arrullase en sus nidales,
los más hermosos panales
y con la torta sabrosa
las uvas de sus parrales.
Que por algo la hermosura
de una Virgen, la más pura,
miró a esta tierra alcarreña
para poner la dulzura
de su amor sobre una Peña.
Así es que cuando salía
la procesión por la cera,
todo el mundo pretendía
ser su ofrenda le primera
que recibiese María.
Y al par que mil bendiciones
a su Virgen tutelar,
con otros muy gratos dones
la daban cera a montones
para que ardiese en su altar.
Cosas de los tiempos viejos
que hoy una crítica dura,
sin fe ni piedad, procura
obscurecer sus reflejos
con la más negra censura.
Mas lo entienda quien lo entienda,
el pueblo de aquella edad,
dando a la Virgen su ofrenda,
vivía alegre y en paz;
con que vuelvo a mi leyenda.
Fue un año de prueba aquel
para la cristiana Villa:
dos veces en gran tropel
penetró aleve el infiel
por las tierras de Castilla.
A contener el avance
de estas bruscas algaradas,
por sus Reyes convocadas
salieron a todo trance
las birocenses mesnadas.
La flor de la juventud,
dejado el patrio solar,
faé su sangre a derramar
a los campos de la Cruz
contra las huestes de Agar.
Para desgracia mayor,
duro el cielo, no llovía,
y seco el campo perdía
poco a poco su verdor
y agradable lozanía.
En situación tan estrecha
Brihuega al cielo acudió,
ante su Virgen oró,
y el año aquel más cosecha
que ningún otro le dió.
El moro quedó encerrado
dentro de sus alminares,
y de laureles cargado
pudo tranquilo el cruzado
regresar a sus hogares.
Que dice un viejo refrán
que Dios aprieta y no ahoga,
por eso, ido el huracán,
se ven en tranquila boga
las velas que al puerto van.
Y la tormenta pasada,
el sol en lo alto campea,
la brisa el sembrado orea,
y alegre entre la enramada
el pajarillo gorjea.
Nada, pues, tiene de extraño
que el pueblo, al verse en su hogar,
pasado el miedo y el daño,
no pensara en aquel año
sino en reir y gozar.
Pero en gozar cual solían
aquellas generaciones
de Santos y campeones,
cuyos ocios compartían
en justas y procesiones.
Y ¡cómo, temores fuera,
Brihuega entonces gozó!;
bajo la fe su bandera,
qué procesión de la Cera
más hermosa celebró.
¡Cuánto a su Virgen bendijo
en entusiastas cantares,
y entre ofrendas a millares,
qué explosión de regocijo
la que inundó sus hogares!
Allí, sobre la alta Peña
de celestiales primores,
cubierto el manto de flores,
los esperaba risueña
la Virgen de sus amores.
Y hasta allí iban a estallar,
preñados de fe cristiana,
de la rondalla el cantar
y el alegre voltear
de la armoniosa campana.
El grave rezo del coro
la risa de la doncella,
del viejo el trémulo lloro,
y de rutilante estrella
las hebras de nácar y oro.
De las plazas el barullo,
entre el que juega la infancia,
de las flores la fragancia,
y de la fuente el murmullo
celebrando su abundancia.
Allí, a la Peña bendita,
Madre de santos consuelos,
donde oraron sus abuelos
y donde se dieron cita
las bellezas de los cielos.
Allí, piadoso Brihuega,
entre himnos y aclamaciones,
bajaba a ofrecer sus dones:
con lo mejor de su vega
la fe de sus corazones.
Y ya iba la procesión
junto al Arco de la Guía,
cuando fuerte aclamación
vino a aumentar la emoción
que los pueblos invadía.
¿Qué era aquello? ¡Qué ha de ser!
una bendita mujer,
tan pobre y necesitada,
que busca y no encuentra nada
a la Virgen qué ofrecer.
Mas se ingenia de manera
la fe de su alma sencilla,
que cuando pase la cera
algo que ofrecer espera
a la Virgen sin mancilla.
Y en efecto; allí está ya
la procesión aguardando,
y cuando llega, llorando,
su ofrenda a la Virgen da,
así la pobre exclamando:
«Señora, a tus plantas llego;
»una pobre viuda soy;
«este hacecillo de espliego
»que lo recibáis os ruego
»con la fe que yo os lo doy.
»Mís manos lo han recogido
»por esos llanos y lomas
»que Vos habéis bendecido;
»y pues por Vos ha florecido,
» gustad Vos de sus aromas».
Dijo la mujer, y sobre
la dádiva del pudiente
fué a colocar reverente
la humilde ofrenda del pobre
con aplausos de la gente.
Y de esta fecha alcarreña
el pueblo conservó luego,
como de piedad enseña,
la tradición del espliego
de la Virgen de la Peña.
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