Ya huyeron por fin las sombras,
el sol por Oriente sale
alegrando los oteros
engalanando los valles.
Ya despierta el nuevo día,
ya le saludan las aves
y las fuentes se alborozan
en sus límpidos cristales.
De Elima el alto castillo
a nueva vida renace,
y lucen sus minaretes,
sus rebellines y adarves,
banderas de cien colores
que agita festivo el aire.
Se alzan gratos lililíes,
redoblan los atabales,
y el pueblo en tropel confuso
se precipita a las calles.
Los cristianos briocenses
muestran risueño el semblante,
se abrazan unos a otros,
visten sus más ricos trajes,
y como de fiesta y gala
cuelgan sus casas y altares.
Por la puerta de la vega
que mira a los arrabales.
muy brillante comitiva
en orden correcto sale.
No marchan en son de guerra
pues una Cruz va delante,
que ya de muerte no es signo,
sino de vida y rescate.
Allá va la hermosa Elima
con sus esclavas y pajes,
lleno el corazón de gozo
que en el pecho no le cabe.
Vieron sus ojos un sol
oculto entre peñas y árboles,
y corre a ver si lo encuentra
para en su lumbre bañarse.
LIeva junto a si al buen Cimbre,
el anciano venerable,
que le enseñara a invocar
la celestial Reina y Madre.
También a su lado marcha
un Canónigo mozárabe,
que el Rey Don Alfonso sexto
de su villa tan amante,
a Brihuega le enviara
a que de su grey cuidase.
El pueblo, ya apercibido,
alegre a su encuentro sale,
y asi, entre gritos de gozo
y aclamaciones unánimes,
doblando de la muralla
los esquinados sillares,
tan ilustre comitiva
llega por fin a la base
de las peñas que se elevan
al pie del Castillo árabe,
que casi del silencioso
Tajuña, las aguas lamen.
Medio oculta entre unos olmos
ábrese en la agreste roca,
que es cimiento del castillo
de la vetusta Brioga
una áspera y ruda grieta
que a poco ensancha y se ahonda;
grata morada a los ecos
ofreciendo generosa.
Alli, entre el musgo y la hiedra,
de fresca y perenne fronda,
la luciérnaga reluce,
esconde la caracola,
y en las noches del estío
entona el grillo su trova.
De sus desiguales bordes
penden, en flexibles ondas,
ramas y briznas silvestres
que la defienden y adornan,
y adentro, en el socavón,
va haciendo su labor tosca
el agua que, tenazmente,
filtrándose gota a gota,
carcome la dura piedra,
la taladra, la recorta,
la tornea, talla, riza,
acanala, istría y comba,
sin que la marcha se note
de labor tan misteriosa,
ni se escuche allí otro ruido,
ni martilleo se oiga,
que el isócrono tic tac
de la subterránea gota;
la atención poniendo en vilo
y el espíritu en zozobra.
A esta gruta aquí, en Brihuega,
la Peña Abajo la nombran,
porque sobre sus estribos
Castillo y pueblo se asoman;
mas a las obras de Dios
poner nombre a mí no me toca,
únicamente mi intento
es venir a aquesta roca,
y en esa grieta bendita
que se dilata y se ahonda
a pie del viejo castillo
de la vetusta Brioga,
adorar a Dios que quiso
esculpir allí su gloria.
Que esa peña, áspera y dura,
ora saliente, ora cóncava,
donde los buhos anidan
y se guarecen las sombras;
do el alcotán vigilante
acecha la mansa tórtola,
los vagos ecos responden
a la voz que los provoca,
y el agua a compás trabaja
de sus cadencias monótonas,
un día de duelo y luto
para la tierra española,
tal vez cuando se lloraba
de Guadalete la rota
y la raza de Pelayo
se acogía a Covadonga,
salvando entre sus breñales
su Dios, su Patria y su honra,
de una perla de alta estima
fue rica y felice concha.
Y un siglo tras otro siglo
pasó y pasó la memoria
del pueblo fiel que en la Peña
guardara Imagen hermosa
huyendo así los ultrajes,
de las africanas hordas,
y plugo después al cielo
tras gigante batahola
de lucha santa a Brihuega
abrir de lleno su gloria
y remediar su orfandad,
mandando a la dura roca
devolviese su tesoro;
y es esta una vieja historia
muy llena de poesía,
grata y en extremo hermosa.
Elima, la de Almenón,
ya vio tan preciada joya;
por eso escalan sus siervos
la Peña que la atesora,
y ella, con su pueblo y corte,
llena el pecho de zozobras,
a que su empeño terminen
espera al pie de la roca.
Quien vió de la mañana los célicos albores,
entre hondos precipicios perdido, aparecer,
y a la naciente lumbre que da vida a las flores
sintió en su mustio pecho la dicha renacer...
Quien, huérfano en la tierra de amor y de ventura,
tan sólo el desaliento mirando en su redor,
halló por fin un cielo por cima de la hondura
que fué de su esperanza el ángel salvador...
Del pueblo birocense y de la Infanta mora
el júbilo entusiasta llegara a comprender,
al descubrir la estrella, la bendecida aurora
que en lo alto de las peñas dejóse luego ver.
Las aguas desbordadas no saltan del torrente,
no en el desierto vasto estalla el huracán,
ni en trueno formidable, tan grave, tan potente,
la comprimida lava explota del volcán,
cual resonó en las rocas y en los vecinos montes
de aquel pueblo cristiano la inmensa aclamación,
que un nombre glorioso llevó a otros horizontes
¡la Virgen de la Peña!, tan grato al corazón.
Que allá en los siglos medios de santas tradiciones,
de guerras y cruzadas por la cristiana fe,
la imagen de María en cien apariciones,
el lauro del cristiano y la victoria fué.
Por eso entona himnos y férvidas canciones
el pueblo birocense de su castillo al pie;
ya tiene allí el emblema de celestiales dones,
ya encima de la Peña a su Patrona ve.
Y saltan del sepulcro las losas funerarias,
y espárcense tranquilos los ecos de otro ayer,
grabando entre las rocas sus trovas legendarias,
el más rico entusiasmo llevando por doquier.
«Esa es, dicen, brihuegos, la Virgen alcarreña,
la de mirar gracioso, la de morena faz,
la imagen que escondimos nosotros en la Peña,
salud de nuestros hijos, de nuestras almas paz.
¡Miradla!, ¡qué bendita!, ¡qué hermosa!, ¡qué risueña!
El tiempo, ni la roca sus gracias pudo ajar;
honrarla de rodillas; que sea vuestra enseña;
que viva en vuestros pechos; que anide en vuestro hogar.
Ella será el buen genio que escriba vuestra historia,
será vuestro remedio, será vuestra salud;
por ella será grande de un pueblo la memoria,
y escalarán los cielos su nombre y su virtud.
En pos de su bandera iréis a la victoria;
que siempre es coronado quien lucha por la Cruz,
y luego de esta vida, en la futura gloria,
de Dios a nuestras almas descenderá la luz.»
Las tumbas durmieron, los ecos callaron,
el pueblo gozoso subió hasta el peñón,
y en hombros cristianos la Virgen bajaron
y al templo la llevan en gran procesión.
Al paso las flores exbalan su aroma,
entonan la aves su canto mejor,
y Dios a la tierra se inclina y asoma
a ver de María el triunfo de amor.
Más clara la fuente y más rauda corre,
la luz más hermosa se ve relucir,
la alegre campana voltea en la torre,
y siente el cristiano su fe revivir.
El triste recobra perdida alegría,
alcanza el enfermo la ansiada salud,
y hasta el buen anciano, con ver a María,
se cree en los días de su juventud.
Y llora de gozo y marcha cual niño
al par de la Virgen, su Madre, su amor,
es su alma la abeja que busca el cariño
y el grato perfume de tan pura flor.
|