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Está la noche plácida y serena
como noche estrellada del Estío;
brilla la luna sobre la alta almena
del castillo de Elima y sonriente
desciende al manso río
y trémula se mira en la corriente.
En su lumbre bañada la arboleda
que en el río alimenta sus raíces,
mientras las copas en lo alto enreda,
dando sombra a las aguas y frescura,
finge extraños matices
y fantásticos lagos de verdura.
Allá en sus hondos senos
duermen tal vez las hadas
sus sueños más tranquilos y serenos;
tal vez entre las flores
sus velos tejen sílfides aladas
y cuentan venturosas sus amores.
Arriba del castillo en los colgados
pensiles de la mora,
ya los ecos del día sosegados,
se aspira esa quietud encantadora
que aterra a los malvados,
pero que tanto gusta
a la conciencia que se mira justa.
La brisa juguetona
mueve el ramaje que en estrecha malla
esbeltos ajimeces aprisiona,
salta luego atrevido la muralla
por sus piedras trepando
y se tiende después o se amontona,
monstruos de raras formas semejando.
Las flores, entonando su capullo,
dejan en el ambiente sus esencias
entre el suave murmullo
del arroyo y sus rítmicas cadencias.
Allí y aquí, escondido,
el ruiseñor en tanto,
arrulla el sueño de su amado nido
con las notas mejores de su canto.
Noche tranquila y bella
de esas que Dios envía
para que goce el corazón del hombre
y bendiga su nombre
escrito en el fulgor de las estrellas.
Noche bendita y pura
¿cómo no ha de admirarte el alma mía?
Mas... ¿qué extraño rumor de la enramada
los dulces ecos mueve?
Por la verde espesura
dos sombras han cruzado arrebujadas
en túnicas de límpida blancura,
y llegando hasta el muro donde expira
el ameno jardín, ya recostadas,
junto al adarve que a la vega mira,
pasado algún suspiro y pausa breve,
así una de ellas a decir se atreve:
¿Es posible, mi Señora,
serenísima Princesa,
que huya el sueño de tus ojos
y a tu pecho aquejen penas?
Hija de un rey poderoso,
a quien el Califa tiembla,
y rinde parias Toledo,
y a su voluntad se entrega,
joven bella como el ángel
que entrevió el Santo Profeta
en su viaje al Paraíso,
sobre su preciada yegua;
Tú, cuyo nombre es tan dulce,
como es dulce a la pradera
una bendición de Alláh
cuando mira hacia la tierra;
Tú, a quien en sus mismos brazos
mecieron huríes bellas,
y en cuyos ojos se miran
los los ángeles, ¿qué deseas?
La nieve que en el invierno
corona, las altas crestas
de las montañas, envidia
la blancura de tus venas,
y la noche la negrura
de tu undosa cabellera;
a un suspiro de las brisas
nació tu hermosa existencia,
que fué un ósculo de luz
la tu sonrisa primera;
sus espumas vierte el rio
que tus pies lamen y besan,
y para darte su aroma
brota sus flores la tierra.
Un padre tienes que te ama,
vasallos que te respetan.
¿Qué falta, pues, a tu dicha?
¿Qué tu vida no recrea?
Compárate con la pobre
esclava que tus pies besa,
separada de los seres
de quienes ha la existencia,
lejos de su suelo patrio,
en patria vendida ajena,
y bendecirás a Alláh,
que en tu faz de tal manera
ha derramado los dones
de su celestial grandeza.
Calló la esclava, y con voz
más suave que las endechas
de la fontana del bosque,
murmuró así la Princesa:
—Zameta, tienes razón;
ofende a Alláh mi tristeza,
que sobre mí ha derramado
con profusión sus riquezas;
nada me falta y, no obstante,
todo cuanto me rodea
llenar no puede el vacío
que mi alma experimenta.
—¿Y qué puede hacer la esclava
que os oye?
—Escúchame atenta:
aún no han pasado dos lunas,
en una noche como esta,
cuando el castillo se duerme
a la dulce cantinela
del río que alza el rumor
conforme la noche cierra,
no pudiendo hacer que el sueño
a mis ojos descendiera,
y ávida por respirar
del campo la brisa fresca,
bajé al jardín; aún mis plantas
no hollado habían la tierra
que hora de alfombra nos sirve,
cuando ahí mismo, a la puerta
de esa gruta que recata
graciosamente la hiedra,
descabrir creo una sombra
inmóvil de hinojos puesta.
Sobrecogida a su vista,
quiero huir; mas una fuerza
desconocida me tiene
y hacia la gruta me lleva.
Al ruido de mis pisadas
se alza la sombra, y en ella,
con el favor de la luna,
de una de sus rubias hebras
allí dejaba prendida,
cual dejan prender las nieblas
por entre los matorrales
alguna de sus guedejas,
conozco a Cimbre el cristiano
de la blanca cabellera,
que absorto, sin inmutarse,
y con la frente serena,
a un genio se parecía
de los que canta el Profeta.
Hacia el fondo de la gruta
me lleva, extiende su diestra,
y con una voz de fuego,
que aun en mis oídos suena,
me dice: ¿Veis ese signo,
esa Cruz tosca de piedra?
Esa es mi vida, mi cielo,
es mi ventura; por ella
sé que en este mismo instante
pongo en riesgo mi existencia,
despertando en torno mío
vigilancias cancerberas;
mas no me importa la vida,
ningún peligro me arredra,
con tal de estar un momento
de mi Dios en la presencia,
elevarle mi oración
y libre aquí ¡oh gran Princesa!
de ojos extraños, mi pecho
desahogar, contar mis penas
a ese Dios, que en una Cruz
aun nuestros llantos consuela.
Dió tal vida a estas palabras,
tanto entusiasmo, tal fuerza,
que se conmovió hasta el fondo
de mi corazón, Zameta.
—Y ¿qué os puede importar
su Cruz y su Ley, Princesa?
—Yo no sé, pero en mi pecho
siento rodar la tormenta,
alzarse los huracanes,
irse a pique las ideas,
zozobrar las religiones,
y entre ruina tan deshecha,
sólo la Cruz del Cristiano
bogando a tendidas velas,
abordar tranquila veo
de la vida a las riberas.
Por eso allá se dirige,
como a su blanco la flecha,
mi alma buscando la sombra
de tan graciosa palmera.
Vive ella en todos los climas,
resiste todas las pruebas
y soluciona del alma
los más obscuros problemas;
porque la ley del cristiano,
escúchalo bien, Zameta,
tiene por base el amor
y el amor todo lo llena,
la casa del poderoso
y la choza de la sierra,
los campos y las ciudades,
el mar, el cielo, la tierra;
vive entre el oro del rico,
anida entre la miseria,
aquí se cubre de harapos,
allá se viste de sedas,
no desdeña la ignorancia,
ni el mucho saber desdeña,
sólo busca el corazón,
donde, si triunfando reina,
inúndale de alegrías
las más dulces, las más tiernas.
Esa es la ley del cristiano,
ley de amor, cuyas bellezas
pintóme Cimbre, el cautivo,
de tan hermosa manera,
que parecióme sentir,
cual si hubiese estado ciega,
una mano que rascaba
de mis ojos negra venda,
y me mostraba horizontes
de luz, de aromas, de perlas,
cual yo no sabré decirte,
ni la fantasía sueña.
¿Qué valen cuantas huríes
imaginara el Profeta,
para el cielo del cristiano,
ni sus cánticos y orquestas
comparadas con un ángel
de sus mansiones eternas?
Y luego tienen allá,
tras de la celeste esfera,
una Virgen, a quien ellos
llaman su Madre y su Reina,
porque, aun siendo Virgen, fue
Madre de Dios en la tierra.
de un corazón tan hermoso,
de una mirada tan bella,
que diz, de cuanto la piden,
nada su pecho les niega,
y los lleva allá, a su cielo;
y allá, mi pobre Zameta,
evantó sus ojos Cimbre,
aun mi alma de pavor tiembla,
y dando a su voz solemnes
entonaciones proféticas,
me dijo, como arrobado
en sus profundas ideas:
Princesa, mira allá arriba,
por cima de esas estrellas
que son ojivas por donde
la luz del cielo penetra,
está tu madre: tu madre,
que, sin cesar, a Dios ruega
porque hable a tu corazón,
y hacia su fe le convierta,
y, abandonando a Mahoma,
te hagas cristiana como ella;
como ella, que fué una santa,
ya obtuvo su recompensa,
que el bien que se hace en el mundo
tarde o pronto, Dios lo premia.
Yo, cabé su sepultura,
cerré sus ojos, Princesa;
perdonad, si a su recuerdo,
lloro y se traba mi lengua.
Calló Cimbre; el corazón
me latía con gran fuerza
cual late ahora; a mi mente
acudían mil ideas,
fantasmas que la ponían
en una tortura inmensa;
quise hablar, pero el cristiano
de la blanca cabellera
había desaparecido.
En vano busqué su huella;
sólo dentro de la gruta
vi la tosca Cruz de piedra
que me extendía sus brazos
para que a ellos me acogiera.
Caí de hinojos, lloré,
besé aquella fría peña;
las sombras fuéronse alzando,
surgió la aurora y con ella
vi del Dios de los cristianos
la incomparable grandeza.
—¿Y nuestro Dios no será
grande también, mi Princesa?
—Es muy chico, pobre esclava,
para lo que mi alma anhela.
Yo quiero un Dios que me eleve
sobre el polvo de la tierra,
y no halague mis pasiones
con edenes de miseria.
Un Dios como el del cristiano
que consuele nuestras penas,
y no a los hados fatales
nuestros destinos someta,
que alguna vez baje al alma,
la ilumine, la proteja,
y como madre a su hijuelo
del bien le muestre la senda,
y le lleve de la mano
para que no se le pierda;
que se alegre con sus dichas,
que llore con sus tristezas;
si cae que le levante,
que le atienda si se queja,
le ayude con el ejemplo
a subir la áspera cuesta
que del dolor y el trabajo
al descanso eterno lleva.
Un Dios que mire a los hombres
como hijos de sus finezas,
que a todos nos haga hermanos
de esa gran familia inmensa,
cuyo consuelo mayor,
mientras con su endeble tienda
camina por el desierto
de la vida, invocar sea
su santo nombre de Padre
que al corazón tanto alegra.
A ese Dios busco, el cautivo
puso mi alma en su huella;
que venga a mí ese Dios grande;
que yo los encantos vea
de esa Virgen que el cristiano
llama su Madre y su Reina,
y la paz vendrá a mi pecho
y seré feliz, Zameta.
—Sabéis que os quiero, que os amo
Princesa, porque sois buena,
y miráis siempre con ojos
de dulzura a vuestra sierva;
por vos diera yo cien vidas,
si de ciento dispusiera,
y por vos dejara yo
del desierto la palmera,
y la fuente y la cabaña
y mi tribu y las arenas
donde mi infancia corrió
una y otra primavera;
todo lo dejara, todo,
sólo por veros contenta,
por eso...
—Lo sé.
—Pues bien.
—¿Dejaré de ser discreta
si os digo que abandonéis
tan tenebrosas ideas
que os matan?
—Me dan la vida.
—No os comprendo.
—Sin ellas
lo demás nada me importa;
son ellas de mi existencia
algo tan imprescindible,
de necesidad tan cierta,
que un Sahara sin oasis
llegara a cruzar serena
y en roto esquife el Océano
espanto alguno me diera...
antes que llevar un alma
en tan triste cárcel presa,
sin otra idea de gloria,
tras esta vida terrena,
que un mísero abrevadero
para la pobre materia.
Por eso, aunque aspire a solas
las más suaves esencias
de la Arabia, aunque sus flores
me dé la tierra alcarreña,
donde abundosa recoge
su miel solícita abeja,
no se satura mi alma
de ese misterioso néctar
que es su vida, su regalo,
su aroma, su miel, su cera.
Y cuando del ave escucho
los trinos en la arboleda,
un cántico en ellos falta,
falta un tono en sus endechas
que yo alguna vez oí,
no sé si en sueño o despierta.
Es hermoso, lo confieso,
todo cuanto me rodea;
pero yo creo que existe
algo que la tierra vela,
más hermoso todavía,
¡Dios hará que yo lo vea,
y en su posesión el alma
halle lo que tanto anhela.'
He escuchado otras dos veces
a ese cristiano, Zameta,
y yo no sé ponderar
cuánta verdad y belleza
encierran esas doctrinas,
que su Dios bajó a la tierra;
no acierto a decirte más
que me encantan, me enajenan,
y en medio del suave aroma
de tan benditas creencias,
ver me parece la imagen
de mi madre que me besa,
y señalándome el Cielo
diciéndome está que crea.
Y mi alma, como avecilla
medio perdida entre nieblas,
corre a ese nido de amor,
entre sus briznas se alberga,
y allí abrigada y felice
pasar la noche quisiera
para despertar del Cielo
en la alborada serena.
Como inclinan las flores su corola
al recibir del aura el beso suave;
como el mar se adormece en sueño grave
al callar tormentosa batahola;
así, cual queda el ave
que hizo al bosque escuchar su último trino,
prendada de tan alto pensamiento,
en éxtasis divino,
quedó la hermosa Elima
recibiendo de Dios el sacro aliento
que da a las obras buenas pronta cima.
Subía en tanto la argentada luna
bañando en luz las torres almenadas
del birocense señorial castillo
de la Piedra Bermeja,
como llamó la tradición moruna
a esta roquera fortaleza vieja,
y haciendo repetidas asonadas,
cual niño juguetón, el cefirillo
llegaba hasta la mora
y se escondía luego en la enramada.
Suspensa y recogida,
pobre mortal que en el silencio adora
insondables arcanos de otra vida,
la humilde y fiel Zameta
abrazaba los pies de su señora.
¡Momento suspirado del poeta!
¡inspiración que habitas en la altura,
desciende a mí y me lleva
por las limpias regiones
de la fe, de la luz, de la hermosura!
Del fondo de la gruta algo se eleva;
saltan con emoción los corazones
de princesa y esclava; la espesura
cede su bella urdimbre
y cual genio del bien ante sus ojos
aparece el buen Cimbre,
que, mostrando en su faz la hermosa llama
del santo amor de Dios, cae de hinojos
y con voz evangélica así exclama:
«¡Bendito sea el cielo,
Elima, que tu espíritu alumbró!
Alce ya el alma el suspirado vuelo
al puro espacio que entre brumas vió
Ruge el torrente y el volcán se inflama
a la vista del grande Jehová;
¿qué hará el humilde corazón del hombre
ante la ardiente inspiradora llama
que a todo vida y movimiento da?
Cantemos a su santo augusto nombre;
Él es del cielo la increada luz,
para el pecho cristiano
manantial de ventura y de salud.
Cantemos a su esfuerzo soberano,
que hizo huir el celaje
por austros bonancibles conmovido,
y su potente mano
rodar sobre la mar el oleaje
y romperse en los aires el bramido
de horrísono abordaje,
desaparecer por siempre un negro monte
y en las playas del día
brotar lleno de luz un horizonte
sobre un mundo de sombras que se hundía.
Era, Elima, el triunfo de la gracia
sobre tu corazón:
ruego bendito de tu buena madre,
que, al llegar de lo inmenso a la región,
hizo al Eterno Padre
descender sobre tí su bendición.
Milagro de la Virgen Nazarena,
de la hermosa Miriam,
por quien la paz y la alegría buena
los pueblos gozarán;
que es ella más graciosa
que la cinta de luz cuando riela
en las aguas de arroyo cristalino,
más grata que la selva rumorosa
donde contento vela
soltando alegre el ruiseñor su trino.
Pídela con fervor, noble princesa,
que se digne mostrarte sus encantos,
pues son ellos tan raros y son tantos
que no los puede el arte describir,
y para un pobre esclavo es ardua empresa
las aguas de un Occéano medir.
Del Tajuña corrientes juguetonas;
Nereidas de las fuentes alcarreñas,
y tú, escarpada roca que amontonas
ciclópeas enseñas,
cual si escalar quisieras de los cielos
merecidas coronas,
si valen vuestras gracias y hermosura
un poco descorrer los densos velos
tras los que oculta el Hacedor su hechura
entre todas la más encantadora,
digan ellas quién es la santa y pura
Madre de Dios a quien el cielo adora.»
Elima, en tanto, de embeleso llena,
cual si temiese de tan dulce encanto
eI misterio romper, oye callada
la voz de Cimbre, que en su oído suena
como conjuro santo
dirigido al Señor por alma buena,
y en tal arrobamiento,
allá en su corazón
siente un algo divino que la toca,
y como imán la arrastra hacia la roca,
sobre cuyo cimiento,
del castillo se eleva el torreón.
¡Inefable momento,
en que a los cielos el Señor desciende
grande, majestuoso,
como de un nuevo día
baja a la tierra el luminar hermoso
inundando a los seres de alegría!
La Peña en lumbre celestial se enciende,
resplandecen los árboles vecinos,
y envuelta en blancas nubes,
mostrando sus encantos más divinos,
aparece María
entre aromas y cantos de querubes.
Y... ¡es Ella!, exclama Elima transportada
de sin igual ventura.
¡Ella, la que yo he visto en mis ensueños,
de estrellas coronada,
cubierta de hermosura,
de ángeles y de justos venerada!
Pero, Cimbre, ¡por Dios! ¿No estoy yo ciega?
Mis ojos ya no ven belleza tanta,
ni la ha poco mirífica armonía
que dulce hasta las rocas conmovió
a mis oídos llega,
;oh cielos!, devolvedme a mi María
que en lo hondo de las peñas se escondió.
Y era así, cual dijeron
los ayes de la mora y tierno llanto,
las quiebras de las rocas se cubrieron
y cesó la visión y cesó el canto.
Una nube abortó en el firmamento,
la luna fue perdiendo su fulgor,
y sólo del Tajuña el curso lento
continuó su monótono rumor (1).
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