|
|
Leyendas
Dulces reservas
| ¡Qué cristalinas corren las aguas de la sierra, alegres, saltadoras, qué puras y qué frescas! A borbotones brotan debajo de las peñas, y, como entre ellas nacen, con ellas juguetean como los rapazuelos al salir de la escuela; ya las empujan fáciles, ya humildes las rodean, las tallan como artífices, horadan, pulimentan, visten de fino musgo que adornan con mil perlas: ora colman sus cuencos y buscando sus quiebras las saltan bulliciosas deshechas en guedejas, que luego se reunen en nívea chorrera o en manso regatillo que se entra por las huertas y en menos que se dice las pone como nuevas; se sale canturreando las más dulces endechas que escucha pensativo el mozo de la aldea, y a veces acompaña al son de su vihuela, rondando por las noches su amor junto a la reja. En sus limpios remansos de superficie tersa se miran orgullosas las oscuras olmedas, el puentecillo rústico de mal labrada piedra, los muros de la ermita de la Virgen morena, que invoca el campesino en todas sus faenas, y tiene para todos miradas placenteras. Ricas, rientes aguas de la empinada sierra, en tus remansos plácidos de deliciosas siestas, encantadora siempre se ve naturaleza, pero aun cosas más ricas, más dulces y más bellas, sus plácidos remansos a mis ojos encierran. Son la vida sencilla, la vida santa, buena, de sentimientos nobles, de tranquila querencia, que mira siempre al cielo con mirada serena; la vida de los campos pobre pero contenta con el bregar continuo tras la mezquina hacienda, del manso borriqnillo, las cabras, las ovejas, y para sembrar algo un puñado de tierra que el sudor hace fértil y el trabajo lo alegra. La vida sosegada de aquella altura enhiesta hasta donde, a Dios gracias, aun la vida moderna con sus medrosos autos y sus modas que apestan, sus locas libertades y su maldita prensa que todo lo revuelve y todo lo envenena, arribar no se atreve, porque sus carreteras con su alquitrán negruzco muy abajo se quedan. Por eso la serrana de contextura férrea y graciosos sentires, aun vive arriba envuelta en su airoso refajo y en su mantilla honesta, y es limpia y pudorosa y es cristiana y risueña, y reza su rosario, y visita su Iglesia, y es hija de María, de María la Reina de aquellos caseríos, de aquellas almas buenas, cuyos altares viste con flores siempre nuevas que alimentan las aguas, las aguas cristalinas alcarreñas. ¡Virgen Inmaculada, que en las alturas reinas, y los pardos picachos de las cumbres envuelves en tu manto de pureza! Esa vida sencilla de las humildes tierras, que por bella la canta el alma del poeta, en su esplendor nativo consérvala sin mezcla de ese vaho que asciende de las charcas de las urbes modernas; que se estrellen sus ídolos y máquinas antes que mancillar su veste puedan. María, dulce Madre, de loa Angeles Reina, esos ricos veneros de piedad y modestia guárdalos, Madre pía, como últimas reservas que a remediar acudan los daños de la ciénaga , cuando esta sociedad abra los ojos y se quiera vestir de tu pureza. ¡Para entonces, Señora, qué benditas las aguas de mi tierra! |