Leyendas

            El Castillo de la muerte

Era ayer testimonio de grandeza,
pujante fortaleza
con sus torres, sus puentes y su foso,
dentro de cuyos muros el guerrero
entonó audaz y fiero
los cantos del combate victorioso.

Ya sin puertas, sin cubos, sin almenas,
ni señales apenas
de aquellos días de esplendor ofrece;
por sus muros trepando va la hiedra
y en la quebrada piedra
el buho solitario se guarece.

De sus patios y extensas galerías,
medrosas y sombrías,
hizo el pueblo después, con buen criterio,
morada silenciosa de la muerte,
y hoy el Castillo fuerte
es, ¡contraste cruel!, un cementerio.

Así cuando a su torre vacilante
reclama el bardo errante
los pergaminos de pasadas lizas,
su voz perdida en el recinto hueco
sólo provoca el eco
de sepulcros colmados de cenizas.

Yo quise un día de su ilustre historia
la fenecida gloria
allí mismo estudiar, ¡intento vano!,
del castillo los nuevos moradores
se alzaron vengadores
pidiendo el exterminio del profano.

¿Qué buscas, infeliz, entre los muertos,
de esplendores inciertos
la borrosa memoria, me decían?
Fué todo vanidad, sombra pasada,
humo, ceniza, ¡nada!,
¡nada!, ¡nada!, ¡los ecos repetían!

Los que lucharon, poderosos reyes,
por dar al mundo leyes,
y estas torres gigantes levantaron
para hacerse, insensatos, cruda guerra,
como eran de tierra
a la tierra por último bajaron.

Registra, si te place, sus sepulcros,
al exterior muy pulcros,
de mármoles y de oro revestidos,
mas sus entrañas, cual la humilde fosa
donde el siervo reposa,
sólo guardan gusanos corrompidos.

El polvo mismo que tu planta huella
de una apuesta doncella
formó ayer el ornato y hermosura;
ya se apagó la lumbre de sus ojos,
ya de sus labios rojos
se extinguió para siempre la frescura.

Hoy las campanas doblan por un hombre
que pensó hallar renombre
alzando contra Dios cátedra impía,
y el pobre ante las puertas de la muerte
temblando por su suerte
de la Cruz a la sombra se acogía.

No busques, pues, por estas soledades
timbres de otras edades
con los que sueña la flaqueza humana,
aquí es nada el ayer, el hoy miseria,
nauseabunda materia,
lo que serás el próximo mañana.

¡Lo que seras el próximo mañana!
La ingente caravana
de horribles calaveras repetía,
y el eco de las tumbas cavernoso,
lúgubre y tembloroso
por las bóvedas altas se perdía.

En tanto el sol se oculta tras la cumbre;
de su muriente lumbre
se van borrando las doradas huellas,
y conforme anochece por el suelo,
allá en el limpio cielo
aparecen risueñas las estrellas.

Viéndolas se entusiasma el alma mía,
y un grito de alegría
se escapa de mi pecho, ¿por qué encanto,
si no soy sino mísera basura,
al divisar la altura
brilla en mis ojos misterioso llanto?

Las rotas aspilleras de la torre,
el arroyo que corre
incesante a sus pies, la vieja encina
que abate el vendaval en la montaña,
la deshecha cabaña
donde ayer anidó la golondrina...

Todo, todo me dice a grandes voces
que pasan muy veloces
las cosas de este mundo y yo con ellas;
¿por qué, pues, mi razón mirando al cielo
siente inmenso consuelo
y alienta por regiones las más bellas?

¿Por qué, ai en el sepulcro acaba todo
y allí no hay sino lodo,
con lo inmortal y lo infinito sueña,
y goza tanto cuando ve grandiosa
protegiendo la fosa
- de Cristo Redentor la santa enseña?

Dormid, cuerpos, dormid, la inerte calma,
pero dejad al alma
que suba más arriba con su anhelo,
y de glorias y luces se alimente,
su instinto no le miente, '
cuando por patria le señala el cielo.

 

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