Leyendas

 

        Canto a Brihuega

 A tí, graciosa villa,
bendita flor del alcarreño suelo,
donde el fúlgido sol más claro brilla
y más dulce sonríe el alto cielo;
a tí, viejo Brihuega,
el de las aguas frescas cristalinas,
cuyo susurro a mis oídos llega
como el canto de amor de sus ondinas,
mientras elevo en el umbroso hueco
de tu Peña sagrada una plegaria,
voy a llamar de tu pasado el eco,
a hacerte oir mi trova legendaria,
porque si no eres tú, no sé quien pueda
oir las cosas de los tiempos viejos,
hoy que incesante el adelanto rueda
del ayer arrastrándonos tan lejos.
Tú conservas aún, cual buena hija,
casi intacto el sencillo vestuario
que la fe del pasado recubriera,
y tu seno cobija
entre bellezas mil el relicario
donde joya tan rica y tan preciada
el cielo un día con amor pusiera

para guardarla bien, amurallada;
por eso vive aquí su propia vida
cuanto de antiguo y religioso sabe,
cuanto a la calma del hogar convida.
Lo que es al corazón dulce y suave,
aquí tranquilo anida
envuelto entre gloriosas tradiciones
a las que el pueblo fiel enciende luces
que cuelga de los viejos torreones;
y aun en sus caminos se alzan cruces
indicando al viajero cuán profunda
arraiga aquí de Dios la santa idea,
que cual rayo de sol todo lo inunda,
lo bendice, lo anima, lo hermosea.
Y te voy a decir, noble Brihuega,
una cosa que guardo aquí escondida
en lo más apartado de la entraña,
y de que sólo a tí hago yo entrega.
No lo digas a nadie, por tu vida,
no crea alguno ser pura patraña
o demasiado amor que ofusca y ciega.
Yo te he visto de noche arrebujada
en la humareda de tus mil hogares
reposada dormir; mas no te alteres,
ni te inquieten por nada mis cantares:
dormías reposada,
mientras sobre tus altos campanarios
cortejo sin igual de extraños seres,
cubiertos de blanquísimos sudarios,
te daba honrosa vela,
escuchando en silencio recogido
de,tus aguas la alegre cantinela.

Una vieja campana,
con cadencioso y lúgubre tañido,
la media noche dió; en la lejana
sombra se vió cruzar buho ligero
persiguiendo su presa, y vigilante
algún gallo cantó en su gallinero.

El fúnebre cortejo
de los blancos sudarios muy veloce,
luego que en el espacio huyó expirante
la última campanada de las doce,
dejó al viento flotar sus albas tocas
y arrastrado por yo no se que brillo
voló hasta el borde mismo de las rocas
que sirven de cimiento a tu castillo.
Aquí es, dijeron, donde el lirio crece
fresco y lozano entre la humilde breña,
ésta la antigua y venerada Peña
donde la flor mas bella se guarece;
nuestras manos juntemos
y de esta peña en derredor dancemos.
Entonces aquella, hueste
alada, vaporosa, blanquecina,
salta las quiebras de la roca agreste
y en los aires veloz se remolina;
sin dejar de girar, rápida sube,
como igneo meteoro, a la altura;
un instante se posa so la torre
que se yergue allí, arriba,
y semeja muy bien diáfana nube
que la envuelve en su límpida blancura;
desprendido de lo alto, un punto estriba '
en los salientes de la roca dura;

luego incesante corre,
y como fatua misteriosa llama,
ora viene o se aleja,
por todas partes fluye,
salta de rama en rama
donde jirones de sus velos deja,
la marcha disminuye,
en los escuetos muros se encarama,
cual se prende del árbol nueva abeja
tras ruidoso aleteo,
y fatigada al fin de girar tanto,
a compás de un continuo balanceo
en los aires dejó tan dulce canto:

Salud, ¡oh Brihuega.',
sultana graciosa,
más fresca y hermosa
que el prado en Abril.
Bendita la vega
do el Tajuña canta
y ciñe tu planta
con encantos mil.

Nosotros, la sombra
de un tiempo pasado,
de un tiempo olvidado
genios de otro ayer,
por pisar tu alfombra
de bellezas nido,
aquí hemos venido
tus gracias a ver.

Por eso aguardamos
que baje la noche
y cierre su broche
del valle la flor;
entonces velamos
tu sueno felice
que el cielo bendice
con férvido amor.

Y al son de las fuentes
que alegran tus calles
y hacen de tus valles
el más bello edén,
los ecos rientes
de tu fausta historia,
tus días, de gloria
cantamos también.

Oímos cual truena
de añeja batalla,
la ruda metralla,
el ronco fragor,
y sobre la almena
musgosa y ya rota,
de flamante cota
vemos el fulgor.

Cual se alza a lo lejos
blanca polvareda
que envuelve y enreda
ligero escuadrón,
los vivos reflejos
que encienden la vega,
cuan pronto se llega
junto a Cozagón.

Es gente cristiana
que viene al Castillo
y se alza el rastrillo
y se enciende luz,
tañe la campana,
la hoguera flamea,
y en la torre ondea
de Alfonso la cruz.

Acuden de cada
rincón de tu tierra
pregonando guerra
un ciento, un millar,
y en grande algarada
allá van leones
buscando campeones
a quien derrotar.

Sus reyes los llaman
desde Andalucía
y Córdoba un día
valientes los ve,
cual rugen y braman
allí combatiendo,
su Dios defendiendo,
su patria y su fe.

El Rey de Navarra
que llama, a tus muros
y al ver los apuros
que le haces pasar,
esconde su garra,
desiste en su empresa,
mas noble confiesa
tu bravo luchar.

Y asi removiendo
las frías cenizas,
ciclópeas lizas
de un tiempo que huyó,
vamos descubriendo
cuánto hermoso encierra.
tu bendita tierra
que Dios visitó.

La plaza del Coso,
tu arco de la Guia,
tu Santa María,
baluarte de fe,
y allá el bullicioso
Tajuña y tus huertos.
de verde cubiertos
besándote el pie.

El plácido aroma
que exhalan tus montes,.
de tus horizontes
la grata ilusión,

y el tallo que asoma
el rico tomillo
do entona el pardillo
su alegre canción.

Vetusto Brihuega
dormido entre lomas,
de blancas palomas
gracioso nidal,
de la dicha entrega
te hizo el cielo un día:
así es la alegría
en tí natural.

La continua fiesta
de tus romerías,
y tus cofradías
con su alegre faz,
suavizan la cuesta
de la vida humana,
que en ellas se hermana
el gozo y la paz.

Y no sé qué tiene
tu tierra de bella,
que quien nace en ella
quiere allí vivir,
con pesar se aviene
a ver otro cielo:
quien vive en tu suelo
quiere allí morir.

Aun menesteroso
y pobre su pecho,
está satisfecho
y libre de afán,
si logra anheloso,
sin irse muy lejos,
pescar tus cangrejos
y comer tu pan.

La charla guasona
de algún convecino,
bebiendo tu vino,
poder escuchar,
ver a su Patrona,
la hermosa Morena,
y luego sin pena
la vida dejar.

Vetusto Brihuega,
dormido entre lomas,
de blancas palomas
gracioso nidal,
ya el día se llega
por tus horizontes,
dorando tus montes
la luz matinal.

Nosotros, la sombra
de un tiempo pasado,
de un tiempo olvidado
genios de otro ayer,

cedemos tu alfombra
tu cielo y tu peña
al alba risueña
de tu amanecer.

El nocturno cortejo así diciendo
voló del aire a la región ligera,
y se fué poco a poco disolviendo
cual se extingue la llama de una hoguera.

De su canción el eco solitario
se albergó del peñasco entre los huecos;
por eso allí al poeta legendario
responden siempre con amor los ecos.

En tanto amanecía
por entre tus olmedas y olivares,
Brihuega, el de la eterna poesía;
el alto campanario
llamaba a la oración de la mañana,
y humeaban de nuevo tus hogares;
una que otra ventana,
ya abierta a los primeros resplandores,
de jaulas y de tiestos se vestía,
y cantaban las aves sus amores;
bendiciendo yo a Dios me recogía
y admirándote, al fin, como brihuego,
arrancaba a mi lira estos cantares
que a tu cariño y lealtad entrego.

 

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