|
|
Leyendas
En la cabaña
| El sol ya vencido tras la parda sierra fué la noche por montes y valles colgando sus tiendas. El zagal recogió su ganado que pace en la dehesa: tocó la campana de lejana Iglesia, y las aves buscando su albergue cruzaron la selva. Mientras vuelve el marido del tajo donde carbonea, la mujer en la humilde cabaña sus hijuelos solícita acuesta. Y... ¿qué vale el cielo cuajado de estrellas, ni la mar con sus montes de espuma ni con todas sus flores la tierra junto al cuadro que entonces sublime con sus hijos la madre presenta? ¿La madre cristiana, la madre que reza, la que con su ejemplo a ser buenos sus hijos enseña? Miradla allá dentro con cuánto amor brega, envolviendo en los limpios pañales al niño de teta que aun llorando la mira risueño como sol que se asoma entre nieblas; agita sus brazos, el rorro pernea, y la madre temblando de gozo de su pecho fecundo le cuelga, tesoro le llama, su cielo, su prenda; le mece cantando las cosas más tiernas, los mismos cantares que su madre cantárale a ella. En tanto los otros ya están en porreta, como blancos corderos triscando por la fresca hierba. —¡Hijos, a la cama, que ya padre llega, y va a andar por casa la marimorena. —Pues nos da usted un poco de aquello que trajo la abuela. —Y yo quiero torta. —¡un poco de leña; a la cama, tunos, aún queréis más cena y me habéis dejado limpia la cazuela...! ¡Como vaya...! En esto el padre a la puerta aparece, los chicos le han visto y en la alcoba corriendo se cuelan; la madre del arca saca aquello a tientas, se lo lleva callando a la cama, los chicos se alegran, a su madre se abrazan, ¡qué hermosos!, y a rezar comienzan las plegarias aquellas que siempre con cariño los hombres recuerdan: El «con Dios me acuesto...» el «bendito sea...» las «cuatro esguinitas...» y otras cien oraciones como estas. Así el ángel del sueño desciende a sus cabeceras, sus boquitas entorna rientes y sus ojos cierra como cierra la noche el capullo de las flores bellas. Otro ángel entonces al lecho se acerca: es la madre que, al verlos dormidos, con la cruz en la frente los sella, a la Virgen con una mirada se los encomienda, les da un dulce beso y, pisando muy quedo, se aleja, segura que el cielo por sus hijos velando allí queda. |