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Leyendas
La piedra Bermeja
| Del que famoso castillo allá en sus tiempos mejores fuera orgullo de Brihuega, villa en la Alcarria muy noble, aún como recuerdo quedan algunas ruinosas torres que son para el pueblo ingenuo nidal de sus tradiciones; por eso junto a sus muros solícito se recoge y siente al par de su alma que el tiempo los desmorone, como siente el árbol viejo los ásperos aquilones que, hoja tras hoja, le roban el abrigo de sus flores. Una de esas, ya musgosa, vieja y desmochada torre, la que más al Sur avanza sus robustos murallones, conserva entre los sillares, como incrustación informe, un arenizo pedrusco ya de muy gastados bordes, de un color rojo subido que contrasta con el ocre oscuro de la tobosa de que se forma la torre; mas de esa piedra el Castillo tomó sin duda renombre del de la Peña Bermeja con que por la historia corre; la razón no da la historia, ni aquí nadie la conoce, pero esa piedra rojiza que entre los muros se esconde, tiene escrita su leyenda del ayer en los rincones: leyenda triste, medrosa como las brumas del Norte, yo entre el humear de unas pajas la recogí de una pobre anciana cuya existencia iba apagando la noche; hela aquí y que en tu alma el cielo ideas grandes evoque. * * * Aunque con renta mezquina moraba alegre en Brihuega y en su casa solariega Don Alonso de Medina: hombre de su tiempo, austero, viendo en la fe su tesoro, en cien lides contra el moro desnudó su noble acero. Y no anhelando más prez que el triunfo de sus pendones se le vio más de una vez arrollar los escuadrones de las huestes agarenas, ganar los más altos muros, romper puentes y cadenas, y en los mayores apuros él sólo contra ocho o diez batirse supo, de suerte que en su brazo iba la muerte sembrándola por doquier. Pero, lo que hacer no pudo el hierro de los extraños, los achaques y los años rindieron a hombre tan rudo. Por eso, aunque con mezquina renta, vivía en Brihuega y en su casa solariega Don Alonso de Medina. Feliz porque en su largueza una hija le diera el cielo, que era un ángel en el suelo y una mujer de una pieza. Hermosa como el ensueño que finge en su mente el hada, no dió el jardín alcarreño una flor tan delicada, ni la fuente en primavera mintió tan dulce sonrisa, como diz que era hechicera y sin par la bella Elisa. Así el pueblo con cordura, blancos de su amor hacía al padre por su hidalguía, a la hija por su hermosura. * * * Junto al tranquilo Tajuña, de sus mayores herencia, poseía Don Alonso una bien situada huerta, que más que de utilidad finca de recreo era, pues allí, entre los parrales, los tilos y las moreras, se pasaba el noble hidalgo del blando estío las siestas, sin más ambición, ni sueño que seguir, mientras se riegan sus coles, el manso arroyo que entre los surcos serpea; del ruiseñor en la rama escuchar la cantinela, ver si en el tendido anzuelo algún pececillo ceba, y sobre todo a su Elisa, el alma de su existencia, por quien Don Alonso vive, tenerla siempre a su vera, llenar sus manos de flores, de besos su frente tersa, hablarla de sus hazañas, cuando él era hombre de guerra y recordarla su madre que era como Elisa, bella: sus mismos ojos tenía, su misma boca de perlas. Y así su vida pasaba Y era Abul hombre terrible Vió a Elisa y hacerla suya |