En cualquier rincón del mundo
donde anide la creencia
en la vida de ultratumba,
que es la vida verdadera,
y se dé culto a los muertos
como se lo da la Iglesia,
con sus preces y clamores
qué en los campanarios suenan
y penetran en el alma
sacudiéndola con fuerza
para que piense en la muerte
y en sus graves consecuencias,
es la noche de las ánimas
noche de sana tristeza
que se adhiere a los espíritus
como a los muros la hiedra.
Pero esa noche es mas lúgubre,
y aun más adentro penetra
la impresión de sus clamores,
cuando el pueblo es un Bribuega
metido en un hondo valle
entre cerros que le cercan
no dejándole del cielo
sino una zona pequeña;
con sus cuatro torres mochas
y muros de oscura piedra,
la mole de un viejo alcázar
con sus deshechas almenas,
sus torreones, sus cubos,
y sus rotas aspilleras.
Dos antigüos monasterios
donde pobres monjas rezan
y hacen por nuestros pecados
rigurosa penitencia.
La Vera Cruz allá abajo
metida en bóveda tétrica,
y el pueblo en su mayoría
compuesto de casas viejas,
desplomadas, que no se hunden
por milagros de la inercia,
y porque tan apegadas
unas a otras se encuentran
que para en pie sostenerse
auxilio mutuo se prestan.
Las calles tan tortuosas,
de agudas y ásperas cuestas,
y tan escasas de luz
que en tiempos, alguna de ellas
llevaba el nombre de Oscura,
siéndolo todas de veras,
cuando como cosa rara
lucía una candileja
o algún farol de petróleo
de la luna en las ausencias.
Todo así contribuía
hasta el aire aquí en Brihuega
a que la noche de ánimas
más noche y más triste fuera.
Casi siempre el tiempo entonces
era de frío y de nieblas
que en lluvias se resolvían,
acaso no tan espesas
como la que de los árboles
caía de hojas, ya secas,
a la primera asonada
de los vientos de la sierra.
Horas graves del Otoño,
horas dé misterios llenas,
que para mejor vivirlas
el pueblo se iba a la Iglesia,
acompañando a sus curas
en los responsos y ofrendas
por sus queridos difuntos,
y cuando la noche era,
guardando los farolillos
y los hachones de cera
que sobre las sepulturas
lucieran la tarde aquella,
se recogía a sus casas
y cerraba bien sus puertas.
Aquella noche ninguno
se atrevía a salir fuera
de su casa, aunque faltase
lo imprescindible en su mesa,
y no hubiese para el fuego
ni un hacecillo de leña;
se contaban muchas cosas
soñadas o verdaderas
de ánimas aparecidas
al volver de una calleja,
de ruidos muy espantosos,
y voces muy lastimeras
que en los desvanes se oían
con arrastres de cadenas,
y cosas por el estilo
que aun de contarlas se tiembla.
Que una vez un caminero
que fué por vino a la aldea
vecina de su casilla,
en una noche como esta,
se encontró sobre un kilómetro
de los de su carretera
riendo como una tonta
una muy linda muñeca.
Creyendo fuera un juguete
la cogió para su nena,
y metida en las alforjas
llegó a su casa con ella;
llamó a toda la familia
y al ir gozoso a ofrecerla
a la hija de sus entrañas
vió el pobre con gran sorpresa
que aquello no era un juguete,
sino una mona muy fea,
que dando unas carcajadas
diabólicamente secas,
y con un rabo muy largo
se fué por la chimenea,
de olor a cuerno quemado
dejando la casa llena.
¿Pues y aquello que contaban
del mozo que por apuesta
fué de noche al Camposanto
a llamar con una piedra,
y tres veces repitiendo,
¡aquí estoy!, ¡salga quien sea!,
al escapar, con el miedo
dejó prendida en la puerta
la capa y del susto allí
dejó la vida con ella?
En tanto que se escuchaban
tan pavorosas consejas
que a pie juntillas creía
la devota concurrencia,
de oir cosas tan extrañas
quedando siempre sedientas;
chisporroteaban los leños,
dormitaban las abuelas,
y allá en las torres seguían
las campanas plañideras
doblando por los difuntos,
a todos teniendo en vela.
Los chiquillos a la lumbre
acurrucados, apenas
osaban llenos de miedo
levantar sus cabezuelas;
y menos ir al desván
o alguna otra dependencia
de la casa, sin llevar
luz y compañía buena;
hasta los perros aullaban
medrosos, como si vieran
entre las sombras surgir
apariciones siniestras.
Entre unas y otras cosillas
se terminaba la cena,
y después de rezar tantos
Padre Nuestros como fueran
los seres de la familia
que estaban ya bajo tierra,
amén de otros que aplicaban
por el que antes se muriera—
y era aquí el suspirar hondo
de los viejos y las viejas—
se rezaba por el Papa,
por la Patria y por la Iglesia,
y hasta por los caminantes
de la mar y de la tierra,
pues aún los aeroplanos
no andaban por las esferas.
Por fin, acabado el rezo,
la madre cristiana buena,
preparaba una gran fuente
con agua, luego sobre ella
hasta los fondos volcaba
la bien repleta aceitera,
e iba echando lamparillas
tantas como ánimas fueran
las que en la vida futura
contaba la parentela.
¡Diminutas lucecitas
que al brillar en la barreña
del cielo de fe tan viva
bien parecían estrellas!
Al resplandor de estas luces
tan suaves, tan serenas,
se acostaba la familia
durmiendo la noche entera,
como duermen los que tienen
bien tranquilas sus conciencias.
Mientras seguía en las torres
del din dán la cantinela
y la lluvia continuaba
azotando las vidrieras.
Tal era entonces la noche
de los Santos en Brihuega,
noche de recios clamores,
noche de hermosas leyendas
que llevaban al espíritu
emociones tan poéticas
que aun ahora al recordarlas
se hace la vida halagüeña.
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