Leyendas

            Claveles y albahaca

Aguardando el dulce beso
del sol todas las mañanas
está la hermosa alcarreña
a su ventana asomada;
es Teresilla, la moza
de Brihuega más bizarra,
fresca como los claveles
que riega en espesas matas,
y a quien en finura vencen
los colores de su cara;
su ventana abre lo mismo
que abre la concha sus valvas
o la rosa su corola
buscando la luz y el aura;
por ella bajan al barrio,
en bulliciosas cascadas,
los ecos de sus cantares,
sus risas y viva charla,
con que hace dulce el trabajo
del arreglo de su casa,
y lleva a la del vecino
la alegría que le falta.
Y es Teresilla, aunque alegre,
muy fervorosa cristiana,
pues la religión no es cierto
que ponga tristes las almas;
por eso apenas se peina
y al sol sus macetas saca,
prendiéndose su mantilla
con inimitable gracia,
marcha a la Iglesia vecina
a oir misa en las Bernardas,
comulga en todas las fiestas,
y ni una tarde se pasa
sin visitar a la Virgen
de la Peña, y cuando el manda
pidiendo para su culto
todos los sábados llama
a su puerta, Teresilla
con grande alegría baja
a ofrecerle su. limosna,
besar su imagen de plata,
y ceñirla los mejores
claveles de su ventana...
Por cierto, que de algún tiempo
viene notando, y le extraña,
que en la Virgen sus claveles
paran poco, casi nada;
que a alguien le gusta su aroma
y audaz se los arrebata;
mas... ¿quién será el atrevido
que así sus flores profana?
Teresilla no lo sabe
ni se lo descubre el manda,
que a sus preguntas sonríe,
aumentando más sus ansias.

Del ramal su asnillo
y al hombro su azada,
va Petrucho por bajo la Peña
donde tiene el huertuco que labra;
allí con su padre
trabajando los días se pasa
sin alzar la cabeza del surco
por donde va el agua
murmurando muy suaves cadencias
al regar las plantas.

Los rojos zarceros
atraviesan piando las bardas
que entretejen saúcos, espinos,
majuelos y parras,
donde deja en prendidos jirones
armonías el viento que pasa.

Junto a la chorrera
que del guindo sombrean las ramas,
rondando su nido
el ruiseñor canta,
y arriba, en las peñas,
las palomas extienden sus alas,
recibiendo del sol los efluvios
que, cargados de vida, resbalan.

Pedazo de cielo,
rinconcito feliz de la Alcarria
son los huertos que, al pie de Brihuega,
en suaves escalas,
hasta el fresco Tajuña descienden
a mirarse en sus límpidas aguas.

La gente asegura
que no hay pena, por honda y amarga,
que entre aquellos huertos
para siempre no quede enterrada;
por eso Petrucho,
que lleva en el alma
un dolor muy grande,
una espina muy dura clavada,
huyendo del pueblo
la loca algazara
hasta los domingos
a su huerto baja;
mas no logra, aunque cava muy hondo,
sepultar el dolor que le mata.

Las brisas refrescan,
susurran las aguas,
las aves repiten
sus alegres y dulces tonadas,
y Petrucho, queriendo seguirlas,
pues lo bello arrastra,
los suspiros sofoca del pecho
y alguna vez canta;
pero sus canciones
son tan tristes, tan frías, tan lánguidas,
que más que cantares
parecen plegarias,
mortales saetas
del cerrado ataúd escapadas.

¿Qué le habrá a este hijo
picado en la entraña?,
le pregunta su padre advirtiendo
del mozo la traza;
pero aunque le aboque,
Petrucho se calla,
y sólo hacia dentro
se responde sorbiendo sus ansias:
de mis males la culpa tan sólo
la tiene esa ingrata;
Teresilla, que no me hace caso,
que mi amor rechaza,
por la inquina que aún dura del pleito
aquel de la casa;
añejas miserias
que ahora viene Petrucho a pagarlas;
mas... sabe la Virgen
cuan buena es mi causa;
yo amo a Teresilla
con toda mi alma,
y dice en ]a Iglesia
el Cura que nada
al amor resiste,
que todo lo alcanza,
con que vengan tristezas y ahogos
no hay noche sin alba;
y la luz que veía en la suya
prendida quedaba
en el ramo de rojos claveles
que a la Virgen santa
ofrecía los sábados todos
Teresilla, y que luego él tomaba,
dejando a la Virgen
limosna doblada.
¡Oh Virgen hermosa!
¡Oh Madre del alma!
¡A cuántos tu vista
no sostiene en la recia batalla!
Pudiera Petrucho
saltar la ventana
por coger los ramos
de claveles que riega su amada;
entre gente moza
no se dan estas cosas por malas;
pero así logrados
no tendrían los ramos la marca,
el nudo sagrado
que la fe y el amor entrelazan;
por eso Petrucho
la cellisca aguanta,
y mirando a la Virgen espera
que venga la calma,
que Teresa le quiera, y por eso
sosiega sus ansias
con los ramos de rojos claveles
que de su ventana
a la Virgen llegan
y de allí a su alma,
como aquel que llevara de oliva
la paloma al arca.
                       * * *
Aún los últimos chispazos
dormían entre las brasas
de la hoguera y por los cerros
apenas el sol rayaba,
cuando anunciando las fiestas
despertaron las campanas
con alegres repiquetes
y volteos entusiastas;
las de San Juan vigilantes
como ecos de una atalaya,
graves las de San Miguel,
las de San Felipe claras,
las Jerónimas chillonas,
parlerillas las Bernardas
como falderos que azuzan
a los que entran en batalla,
y por último al cesar
de todas las alharacas
se oyó de Santa María
el toque hermoso del alba,
recordando a los brihuegos
que era ella la que guardaba
a su Morena, la Virgen
más hermosa de la Alcarria.

Corrió la música el pueblo
con la clásica diana,
gran cortejo de chiquillos,
muchas y ruidosas salvas;
salieron los cabezudos
haciendo mil mojigangas,
y de los pueblos vecinos,
por senderos y cañadas,
fué llegándose a Brihuega
de aquéllos la flor y nata.

Los de Romaneos y Archilla
con sus bien ceñidas fajas,
ricos pañuelos de seda
que la cabeza engalanan,
quizá dejos del turbante
de las orientales razas,
pues por algo ocho centurias
hubo moros en España;
los de Valdesaz y Fuentes
armados de sendas varas,
blusas con muchos ribetes,
boinas escarapeladas,
y el mechón sobre la oreja,
señal de ser gente brava.

En fin, los de Malacuera
y Pajares con abarcas,
con cuantos mozos se crían
en esta hermosa comarca,
ávidos siempre en las fiestas
de correr toros y cañas.

A la puerta de la Iglesia
ya está preparando el manda
las mesas donde recoge
la Virgen ofrendas varias
de tortas, flores, palomas
y velas en abundancia.

Y aún no ha colocado en ellas
los libros, ni las medallas,
cuando ya está allí Petrucho
con un matorral de albahaca
criado en su misma huerta
entre tomate y lombarda,
y, diciendo «pa la Virgen»,
lo deja, y sin más se larga.

«Pues, Señor, a poco esfuerzo,
dice algo zumbón el manda,
se trae éste media vega,
¡vaya una señora mata!»

Y en buscar donde poner
aquella media tinaja,
anda el hombre dando vueltas
cuando, coincidencia rara.

Se presenta Teresilla
con otro tiesto cargada
de claveles, que pudieran
ser estrellas de su cara;
los deja sobre la mesa,
se entra en la Iglesia y ¡caramba!.
se arregló aquello; a la Virgen
se le ponen en las andas;
¡Y que va a estar poco hermosa
entre claveles y albahaca!

Tocan luego a la función,
de nuevo el cohete estalla
por los aires y la música
revienta en alegres marchas;
se llena el templo de gente
por su Patrona entusiasta;
los ediles se colocan
en sus escaños, se canta
a grande orquesta la Misa,
el predicador ensalza
a la Virgen cuanto puede,
que para eso se le llama;
la procesión se termina
ya la noche bien cerrada
porque luzca más y acabe
de enloquecer a las almas
esa Estrella de los cielos
que halló en la Peña morada.

En fin, que todo aquel día
pasó en paz y dicha santa,
y por la noche Petrucho
no fué solo el que soñaba
que estaba hermosa la Virgen
entre claveles y albahaca.

                         * * *

—¿Qué ruido es ese, vecina,
de bandurrias y guitarras
a estas horas por la calle?
—Es la boda, tía Colasa.
—¡La boda! ¿Pues y los novios?
—Ni que estuviera usted en Babia.
¿No sabe usted que Petrucho,
el hortelano, que andaba
perdido por Teresilla
al fin logró engalucharla?
—Pero... ¡si ella no quería,
ni ninguno de su casa!
—Pues mire usted, por ahí dicen
que el que la sigue la mata.
—¡Y que es verdad!
—Con las fiestas
de la Patrona se apañan
muchas cosas; pero ¡pronto
asómese usted, que pasan!
¡Viva la novia!, vecina...
¿Ha visto usted qué reguapa?
¡Bien vale esa Teresilla
un Potosí!
¡Si es la mapa!

Los rojos claveles
y el ramo de albahaca,
y por sus mejillas
le ruedan dos lágrimas
que parecen decir a la Virgen
en pocas palabras:
«Bien merece vestirse de flores
la que lleva el amor a las almas».

 

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