Madre mía, toda pura,
Reina de nuestros hogares,
a los pies de tus altares,
prendado de tu hermosura,
yo vengo con mis cantares.
Tú me enseñaste a querer
este rincón alcarreño
donde hallé desde pequeño
bellezas mil que ofrecer
al Brihuega de mi ensueño.
Y yo se las ofrecía
en versos mal pergeñados;
por eso la musa mía
empeño siempre ponía
en tenerlos muy guardados.
Mas hoy pienso que ya es hora,
aunque pobre y sin aliño,
de ofrecer a quien adora
lo que con tanto cariño
el corazón atesora.
Porque a una madre querida
de perlas siempre parece
cuanto un buen hijo le ofrece;
y más, cuando de su vida
el sol cae, y atardece.
Los antiguos caballeros,
diz que la flor de su fama
y de sus triunfos guerreros
ofrecían a su dama
rendidos y placenteros.
Yo que no tengo otra dueña
de mi alma y su pensamiento
que mi Virgen de la Peña,
a ella esta flor le presento
de su porción alcarreña.
Recíbela, Madre mía,
como de un hijo la ofrenda
y haz que Brihuega comprenda
que toda su poesía
arranca de tu leyenda.
Y a todos a entender dales,
que los pueblos que son fieles
y a su tradición leales,
gustarán siempre las mieles
de tus sabrosos panales.
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