Su Historia

 

 

         Alfonso VI dio Brihuega a los arzobispos de Toledo, y éstos favoreciéndonla con frecuentes visitas que duraban a veces largas temporadas, sobre todo en los veranos, pues la frescura y belleza del lugar convidaban a ello. Tal predilección sólo beneficios produjo a la villa que en vida de Juan tercer arzobispo, vio demoler el viejo castillo árabe para edificar el actual, mejorado y enriquecido al correr los años; ya en el siglo XIII, en el antiguo albacar de la fortaleza, se alzó la iglesia de Santa María de la Peña; el famoso prelado, escritos y guerrero Don Rodrigo Jiménez de Rada, consiguió de Enrique I para Brihuega un privilegio de feria y otorgó el célebre Fuero cuyo bello códice guarda como joya preciada el archivo municipal; el arzobispo e infante D. Sancho, hijo de San Fernando, estuvo en la población casi todo el verano de 1251 en unión de su hermano Alfonso X el Sabio, su esposa Doña Violante y su hijo primogénito Don Fernando de la Cerda, celebrándose por entonces un Concilio en Brihuego y otorgando el monarca varias mercedes y privilegios a los ballesteros del lugar. Con posterioridad, entre otros prelados que habitaron en el castillo de Peña Bermeja, hay que mencionar a Don Gonzalo Gudiel, el famoso Don Gil de Albornoz que estuvo en Brihuega mucha temporadas, a D. Pedro Tenorio, al turbulento Alonso Carrillo y al ínclito Cardenal Cisneros.

         Aparte la mencionada estancia en Brihuega de Alfonso el Sabio y otra de Fernando IV el Emplazado, he de citar la del rey Juan I, cuando después de reunir Cortes en Guadalajara el año 1930, fue a Brihuega durante el verano y en esta población firmó treguas con los portugueses; también posó algunos días en Brihuega el taciturno Felipe II, hospedado en el castillo arzobispal que sin conservar de su antiguo carácter guerrero más que la arcaica apariencia, fue en adelante prisión del Estado. Entre los episodios históricos de la villa merece particular mención su heroico comportamiento durante (las llamadas guerras de los infante de Aragón), en el turbulento reinado de Juan II; por dos veces trataron los navarros de ganar Brihuega; la primera, cuando apoderados del Atienza en 1445 se corrieron a Torija y sitiaron aquella villa a la sazón desguarnecida, pero sin lograr rendirla después de nueve días de ataques, pues la defendieron hombres y mujeres con gran tesón hasta lograr la retirada de los enemigos; desde entonces continúan rezándose por Pentecostés las llamadas (salves del cerco) en recuerdo de este suceso. La brevedad del espacio disponible me impide relatar otras efemérides de la historia briocense, y sólo he de consignar que los momentos más dramáticos vividos por Brihuega tuvieron lugar el 9 de diciembre de 1710, cuando al retirarse las tropas del partido austríaco comandadas por Staremberg, dejaron en Brihuega una fuerte guarnición al mando del general inglés Stanhope cuyos segundos eran Carpentier e Hill. Del ejército borbónico perseguidor de los austríacos, se destacó el marqués de Valdecañas con tropas españolas que atacaron a Brihuega, primero por la parte del arco del Cozagón y más tarde desde la cuesta de Quiñoneros; la lucha fue horrorosa, los ingleses no se rindieron aun aportilladas las murallas y tomada la puerta de la Cadena los españoles emprendieron el asalto, Brihuega hubo de conquistarse calle por calle y casa por casa, hasta que convencido Stanhope de que los austríacos de Staremberg no acudían en su socorro, hubo de entregarse con armas y bagajes, quedando prisionero en el vetusto castillo de Peña Bermeja que le servía de cuartel. Cuando el nuevo día mostró a los brihuegos las profundas heridas sufridas por su amada villa durante la lucha, no se amilanaron; con los borbónicos vencedores fueron a la cercana Villaviciosa, y en sus campos lucharon unidos a las tropas de Felipe V, que con la victoria de ese día pudo considerar asegurada en sus sienes la corona de España. Aún suena Brihuega durante la guerra de la Independencia con motivo de las hazañas que realizó en la Alcarria, Juan Martín (El Empecinado); también fue escenario de combates cruentos entre liberales y absolutistas el año 1823, así como en las sucesivas carlistadas, pero estos sucesos, aun interesantes, palidecen ante la epopeya de 1710. Mucho se puede escribir sobre Brihuega, pero el espacio no lo consiente; de sus costumbre típicas, merece un recuerdo la fiesta mayor que se celebra el 15 de agosto en honor de la Virgen de la Peña.

         Los brihuegos acuden desde muy lejos sin reparar en sacrificios; su alegría y entusiasmo contagian a cuantos llegan a Brihuega para distraerse, y la villa parece entonces una pequeña Babel donde todo el mundo grita, donde todos ríen, donde todos se hablan como si fueran viejos amigos aunque se hayan conocido momentos antes; el encierro de los toros efectuado en pleno día, es sin duda, el mayor atractivo de la fiesta, el que congrega en el pueblo mayor número de forasteros; aunque el propósito es llevar las reses desde las alturas alcarreñas hasta la plaza mayor, todos los concurrentes ponen cuanto pueden de su parte para impedirlo asustando a los animales cuando bajan por (Valdeatienza), hasta que aquellos se desmandan acobardados por el griterío de varios millares de personas gesticulantes y gritadoras, que les salen al paso trepando por las cuestas inmediatas y corriendo como gamos al menor asomo de peligro; si los toros (no se escapan)  m aborígenes y forasteros se sienten defraudados, de suerte, que todos los años.... ¡se escapan! Con motivo, la corrido suele diferirse y las fiestas se prolongan.

        Para terminar este rápido bosquejo, dedicaré unas palabras a los alrededores, dignos por si solos de una excursión. En lo alto, la despejada meseta alcarreña, de horizonte inmenso y cielo diáfano columbrándose al Norte las azuladas cumbres de la Carpetovetónica, límite entre ambas Castillas; a Mediodía, el valle risueño del Tajuña salpicado de huertos, pequeñas fábricas y quintas de recreo; río arriba en dirección a Cifuentes, tras varios recodos pintorescos, la imponderable Peña de la Hoz, junto a la carretera, rojo y alto peñasco pródigo en oquedades y saledizos tapizados de musgo o plantas trepadoras llegando a la altura de su cúspide las copas de numerosos árboles de ribera que forman un túnel de verdura; del irregular borde del peñón cae el agua en incontables hilillos transparentes. A un lado, escalando la roca, filas de colmenas recuerdan que estamos en plena Alcarria; de mayo a noviembre, trinan los jilgueros, los ruiseñores y mirlos ocultos en la fronda; en lo hondo, rumorea el Tajuña como envidioso de que las miradas admirativas del viajero sean para el indescriptible paisaje; por las cuestas bajan presurosos múltiples arroyuelos cual si sintieran prisa por gozar de la bella perspectiva, quebrándose al caer sobre la cuneta en forma de cascadas cantarinas y brillantes dentro de su entreabierto estuche de musgo...