| Brihuega, en puertas del encierro de Castilla La Nueva |
lunes 12 de agosto de 2002
La cita ha llegado y allí acuden aficionados de la comarca y de las provincias limítrofes
Antonio Pérez Henares
|
|
Si un día se
suprimiera el encierro, Brihuega se pondría en pie de guerra.
Y cuidado con Brihuega, que por allí llegaron los Borbones y
salieron los Austrias, que allí se rindieron Stanhope y
Staremberg y venció Vendome, que allí corrieron los Litorio y
los Flame Nera y cantaron los garibaldinos, el V Regimiento y
los anarquistas de Mera. Y eso que no les habían tropezado el
encierro, que si lo tropiezan, puede ser aún
peor.
Si Castilla La Vieja tiene a
Cuéllar y Ciudad Rodrigo, Castilla La Nueva tiene a Brihuega.
La Alcarria es tierra de toros y encierros, aunque no tenga un
torero, el más famoso es «Machaquito», briocense por cierto,
pero suena más a anís que a capote. La cita ha llegado y allí
acudieron a miles, más de 25.000 cada año, los aficionados de
toda la comarca y de las provincias limítrofes. Son las
fiestas de la Virgen de la Peña y su momento culminante será
el viernes, día 16, cuando a las seis y media de la tarde los
toros salgan de la vieja plaza medieval de «La muralla» y
remonten por el camino de «Valdeatienza» escoltados por
caballistas, hasta los llanos de las alcarrias. Cuando llegue
la noche, la manada se pondrá de nuevo en marcha, esta vez
bajando hacia el frescor de la vega del río Tajuña, hacia «La
Boquilla», donde descansarán una horas. Las justas hasta que,
a eso de las tres de la madrugada, sean empujados de nuevo
hacia la población por el camino de la «Fuente de la Princesa»
e irrumpan por su calle central, en medio del griterío, hasta
ser recogidos en la Plaza de la Iglesia románica de San
Felipe. No será su destino definitivo, sino que al día
siguiente, a mediodía, saldrán de nuevo a las calles para
regresar, definitivamente, a «La Muralla» donde serán
lidiados. Y mientras todo transcurre, miles de gargantas no
dejarán de cantar y saltar, enarbolando sus garrotes, el
«Parapachumba», que es la particular versión briocense del
famoso pasodoble «Sangre Torera» y con el que una vez tras
otra se arranca con fuerza la banda Municipal. Sin
«Parapachumba» previo no hay encierro y sin encierro, no hay
fiesta en Brihuega.
El toro en la
Alcarria entre rastrojos, olivares y chaparros; el toro en la
ribera, en la noche y el frescor, entre chopos, mimbreras y el
sonido de las zumbas de los cabestros que los pastorean; el
toro en las calles cargadas de historia y repletas de gentes
alegres. Éstas son las tres estampas inconfundibles de estos
días de agosto y que atraen a la villa a esa ingente masa
humana que la desborda.
Brihuega presume
de encierro, de historia y quiere presumir pronto de tener un
parador nacional en lo que fue su Real Fabrica de Paños. En
camino está de lograrlo y de que la gente sepa algunas de sus
cosas y disfrute de otras muchas. Porque si la llaman el
«Jardín de la Alcarria» es por algo. Es en verdad un jardín de
«Al-Andalus» trasplantado a esta Castilla. Lo hizo el rey de
Toledo, Al-Manun, al construir su palacio-castillo de Pena
Bermeja. Lo tuvo como lugar de residencia y allí alojó a
Alfonso VI cuando, huido de su hermano Sancho II, buscó
refugio en la corte del árabe. En Brihuega vivió su exilio en
compañía de sus nobles, monteros y ballesteros y en compañía
también de los mozárabes cordobeses y toledanos que allí se
habían establecido. Regresaría luego como conquistador y el
castillo sería después sede de obispos. Pero Brihuega sigue
conservando aún algo de aquel perfume arábigo andaluz que
dulcifica la dura y sobria presencia de las piedras
castellanas.
La fiesta ya ha empezado,
comenzó el sábado con el pregón de las fiestas en el que
tuvieron a bien invitar a este escribano y al que las peñas no
le gritaron demasiado y la proclamación de la reina de las
Fiestas. Hay vaquillas y verbenas de aperitivo durante toda la
semana, pero todos se aguantan un poco el cuerpo porque hay
que estar en plenitud el viernes, cuando suene, por fin, el
«Parapachumba» y los cuatros toros, tres negros y uno
colorado, broten de la puerta de «La Muralla».