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EL ENCIERRO DE BRIHUEGA. |
El
encanto que atesora la presencia de la manada de toros, con los jinetes y los
mozos, por los lares alcarreños, han hecho del Encierro de Brihuega una
tradición ancestral, integrante del acervo cultural de la Villa.
Su
influencia ha gozado de tal privilegio, que forma un binomio indivisible en el
"Jardín de la Alcarria", conjuntamente con el amor y devoción que se
le profesa a la Madre, Reina y Patrona de Brihuega, la Virgen de la Peña.
Los
protagonistas del Encierro son los toros. Animales de casta y nobleza, bravura
y fiereza, trapío y belleza; cualidades estas que configuran las
características de tan magno espectáculo, en consonancia con las estampas del
entorno.
La
tarde del 16 de agosto, cada año, desde tiempo inmemorial, fiel a su cita, el
ritmo del corazón de los briocenses aumenta los latidos, la sangre bulle en el
organismo, los nervios se manifiestan en los vellos de la piel, la adrenalina
exterioriza sentimientos que habitualmente permanecen aletargados. Cada "brihuego"
es protagonista de su experiencia en el Encierro, todos los años, y cada año
diferente, cada uno con sus singularidades, que lo mantienen vivo, imprevisible
e imperecedero.
El
poder de convocatoria del Encierro de Brihuega, es enorme y congrega a ingente
cantidad de público, proveniente de toda nuestra geografía, porque dadas las
fechas, eminentemente vacacionales y de solaz regocijo, muchas gentes
encuentran el descanso y la paz por nuestros contornos. Posiblemente se trata
de la tradición cultural más antigua y que concita mayor número de personas de
toda nuestra provincia.
En
consonancia con estas cualidades, está la calidad del espectáculo, la hermosura
del toro; la lozanía de los jinetes y amazonas con sus caballos con exquisito
gusto enjaezados; las gentes, con sus sentimientos, gritos, nervios y carreras,
ambientando todo el vecindario. El magnetismo del caserío y las alcarrias,
estampa indeleble que impresiona nuestras retinas. Seducción evocadora,
cautivadora de sentimientos, orgullo enamorado.
Son
las seis de la tarde, se inicia el pasacalles con la Banda de Música
interpretando "Sangre torera",
o mejor dicho, un arreglo de este pasodoble conocido popularmente como "Parapachumba". La muchedumbre:
mayores y pequeños, gentes de todo tipo y condición, cantan sin cesar, al
unísono, el "himno" del Encierro de Brihuega, con coraje y orgullo.
Miles de robustos brazos se levantan formando un bosque de varas, cayados y
bordones. Pulmones henchidos, palpitantes corazones, voces al viento, "vivas"
a Brihuega y a la Virgen de la Peña, alegría y algarabía en sus rostros, es el
momento más esperado.
Cuando el pasacalles ha hecho el
"despeje" y llega a la plaza del Coso, los músicos acopian sus
instrumentos en el Consistorio. Impacientes, nerviosas carreras se suceden,
"¡hay que coger buen sitio!". Ante la inminente salida de los
astados, aumentan las pulsaciones, rigidez en los músculos, concentración en
los corredores.
Suena el primer petardazo:
la emoción se palpa en el ambiente, el corazón está en el cenit. Suena el
segundo petardazo: la espera parece interminable, el clima gana en intensidad.
Suena el tercer y definitivo petardazo: un escalofrío recorre el cuerpo, los
cuatro toros y los bueyes salen de la plaza de "La Muralla", están en
la calle, se producen las primeras carreras, atropellos y empellones, los
animales son muy fuertes y rápidos, la primera curva y contracurva producen las
primeras caídas. Enfilan la entrada de plaza del Coso, generalmente reunida la
manada, pero al llegar al Coso el rebaño se abre, alguna res se despista y
derrota a los lados. Mozos delante, mozos detrás, ánimo y júbilo en los
espectadores, "¡qué espectáculo!".
Acceden a la calle de la
Armas, angostura y esbeltez, nobiliarios y nobleza, arriesgadas y peligrosas
carreras, las de más calidad; el hombre y el toro, poder contra poder, fuerza e
inteligencia, inteligencia y poderío. Nuevos giros y accedemos a la carretera,
ancha y magnánima, atestada de gentes, cosmopolita y colorista. La masa se
mueve al ritmo de la manada, junto a los pitones, el temple; también, pisotones, caídas y más empujones.
Las jacas y los caballos
nerviosos respiran por los ollares, piafan, suenan los cascos en el asfalto,
jinetes con sus garruchas preparados, encelando los toros, "toreando a la
grupa", hasta el barranco de Valdeatienza, flanqueado por dos atalayas
vigías: El cerro de S. José y el cerro de la Horca, privilegiadas balconadas,
asentamiento de multitudes observan, la marcha más lenta y cansina de la
manada, que se toma un respiro antes de ascender a las alcarrias para buscar
otros derroteros. Muchos vehículos en las rastrojeras deseando que los animales
se acerquen prudencialmente.
La
organización del Encierro, presidido generalmente por el Sr. Alcalde, así como
los ganaderos intentan acercar la manada desde las "alcarrias". Por
detrás del "basurero", hasta los pagos de la "Boquilla",
refugio natural, con manantial y frescor, para recuperar del tremendo esfuerzo
al que se ven sometidos los toros.
Ya
de noche, invaden las tinieblas, ante un oscuro y límpido cielo, plagado de
miríadas de estrellas, el embrujo de la luna, la magia y el halo misterioso que
envuelven las leyendas de esta amorosa y clandestina relación del toro y la
luna.
Entre
tanto las y los más valientes se adentran por la ladera derecha del valle del
Tajuña, que pese a la tranquilidad y el silencio, los nervios traicionan, la
vista desenfoca y se ven sombras móviles, se escuchan pisadas y las zumbas
(cencerros) por doquier.
En
el pueblo, entre tanto, está todo preparado,
para "La Subida".
Sentimientos y emociones difíciles de describir. El ambiente se tensa a medida
que la espera, desespera. Lentamente los toros inician el camino conducidos por
experimentados mozos por Fuencaliente, la Fuente de la Princesa y finalmente
por el Convento. "¡Ya se oyen las zumbas!", los astados llegan a la
carretera, entran en el pueblo por S. Miguel, entre carreras y desgañitados
gritos de emoción.
Las
talanqueras del vallado y los balaustrados balcones son privilegiados
observatorios del multitudinario gentío con el objetivo de presenciar los toros
y las carreras lo más cercanos posible, es otra forma de participar en el
Encierro.
Muchos
son los corredores, valientes y con facultades, llevan a los toros "al
hilo", enhebrados al pantalón los pitones, hasta el pintoresco y
costumbrista toril de S. Felipe. Luego de ser encerrados todos abandonan sus
posiciones y se acercan a visitar a los protagonistas del día. Nadie se va a
dormir sin "desear las buenas noches" y "agradecer" a los
toros la exhibición de la que han hecho gala.
A
la mañana siguiente "La Bajada".
Al mediodía nuevamente el pasacalles y el "himno" del Encierro de
Brihuega: el "Parapachumba" se repite, inunda el pueblo de alegría y
se realiza el "despeje" del recorrido, en sentido contrario: desde S.
Felipe hasta la plaza del Coso. Nuevos petardazos, renovados sentimientos y
emociones. Se abre la puerta del toril de S. Felipe y da comienzo la carrera.
Hay menos corredores, parece exclusivo de brihuegos. Carreras limpias, al hilo
y con temple, con peligro e intensidad, con nitidez.
Los
toros regresan al ruedo de la plaza de toros de "La Muralla", desde
donde la tarde anterior habían partido. Admirable derroche de facultades del
exigente y peculiar encierro por el campo de Brihuega. Ningún briocense es
ajeno a esta "Fiesta" allá donde se encuentre y cada uno a su manera
intentará protagonizar.
A
lo largo de la historia no siempre se ha desarrollado de esta guisa el
Encierro. Hasta 1965, fecha de construcción de la plaza de toros de "La Muralla",
los toros se traían a pie, era propiamente un encierro. En las vísperas del
encierro, en plenas fiestas patronales, en honor de Nuestra Señora de la Peña,
se dejaban "tranquilamente" en el monte Ibarra, donde la gente de
siempre subía a verlos y azuzarlos, de forma clandestina claro.
A
la hora de evaluar el antes y el después del Encierro, los briocenses no se
ponen de acuerdo. Hay partidarios acérrimos de ambas tendencias, para unos
mucho más pintoresco el antiguo, para otros el ambiente actual.
Tampoco
hay consenso a la hora de calificar a los astados, para unos serán cabrejas,
para otros majetes. Para otros gordos como cochinos y no darán juego, y para
otros imponentes.
El
Encierro de Brihuega es para los briocenses el protagonista de sus desvelos, de
sueños relativamente alcanzables, de aventuras loables. Es el centro de
conversación, foco de controversia, tema más comentado, esperado, anhelado,
querido y defendido, durante el resto del año.
La importancia y
mantenimiento de esta singular herencia es nuestra responsabilidad; nuestro
deber cuidarlo y enriquecerlo como tradición imperecedera, integrante de
nuestro acervo cultural. Es nuestro patrimonio y nuestra seña de identidad.
Avelino González Vega.