Flores y Abejas 1895

El siguiente documento está literalmente copiado del Semanario Flores y Abejas, nº 50 del 11 de agosto de 1895. La redacción del periódico en sus rutas por los diferentes pueblos de la provincia decidió acudir a Brihuega, quedando un documento escrito de tal y como vieron estos periodistas el pueblo a finales del siglo XIX. Los grabados también corresponden a ese número. Espero que disfruten con su lectura

REVISTA FESTIVA SEMANAL

Guadalajara, 11 de Agosto de 1895.

NUESTRAS EXCURSIONES: BRIHUEGA 


Cuando el sol se ocultaba tras de alta cumbre, a esa hora en que la tierra despide lumbre y en que busca su nido la golondrina, ocupamos de un coche fresca berlina y a los pocos instantes aquel, muy lento, entre nubes de polvo del pavimento, de la humilde comarca que Henares riega salía de Bejanque para Brihuega. 

Silenciosos nosotros, ensimismados, en contemplar sembrados y más sembrados, pensábamos alegres que al otro día la cuna de Sepúlveda nos brindaría con tratas emociones que en nuestra mente vivirían impresas eternamente. 

Y teniendo en Brihuega la vista fija, ya de noche, el carruaje llegó a Torija, donde la ingente mole vimos a un lado del antiguo castillo que fue volado por aquel guerrillero que a los franceses acosó en estas tierras meses y meses. 

No sé cual de nosotros, ¡idea buena! Del maletín entonces sacó la cena; lo que no se me olvida por estas cruces es que dentro del coche no había luces, y al llevarme a la boca media tortilla, ¿me la llevé, señores, a la barbilla! 

¡Cosas son esas que tolerar no deben a las Empresas! 

- Cochero, ¿Falta mucho para llegar a Brihuega?- exclamó una agraciada chica que en el interior del carruaje había ido cantando todo el tiempo. 

- Ahí le tienes, - exclamó el aludido, señalando una serie de lucecitas que claramente se percibían al final del suave declive que bajábamos. 

Y, efectivamente, al poco rato el vehículo se paraba ante la histórica Puerta de la Cadena, que da acceso a la calle  de las Armas, y nosotros caíamos en brazos de nuestro activo corresponsal y apreciabilísimo amigo Manolo Sagredo, jefe de telégrafos y Administrador de Correos, en una pieza, de aquella antiquísima villa donde nacieron varones tan ilustres como el arqueólogo D. Fernando Sepúlveda, el Alférez-Regidor D. Juan García Barranco, Fray Francisco de la Trinidad, el novelista D. Andrés del Castillo y otros mucho que sería prolijo enumerar. 

Rendidos por las fatigas del viaje, aquella noche no pensamos en otra cosa más que en descansar, y así lo hicimos, hasta que los primeros albores del nuevo día y los dulces gorjeos de pintadas avecillas nos hicieron “sacudir las ociosas plumas” que dijo Cervantes. 

Y pertrechados de los útiles necesarios, emprendimos nuestra excursión al través de calles y plazas de la importante villa birocense. 

Acerca del origen de Brihuega existen nebulosidades que la historia no ha logrado descubrir. 

Desconocida en las crónicas de la antigüedad, figura por vez primera en el siglo XI como sitio y parque de montería de los reyes árabes de Toledo: “en el margen derecha de fértil vega, que el Tajuña onduloso refresca y riega, cual constante atalaya se alza la villa, rincón hermoso y rico de una Castilla. 

Sus fragantes aromas le dan las flores en que ocultos gorjean los ruiseñores, y la vega tapizan verdes rodales en que el labriego ha puesto sus ideales. 

Allá, en la abrupta cumbre, pardea el monte, cerrando con sus crestas el horizonte, y al despuntar el día la alondra canta y hasta el cenit su vuelo veloz levanta. 

Todo es allí gorjeos, luz, alegría… la codorniz cantando saluda al día y por áspera senda los labradores van bajando en las yuntas a sus labores. 

En Brihuega existen, poco más o menos, 938 casas, en lo general de dos y tres pisos, repartidas en calles anchas y tortuosas, algunas con bastante pendiente. 

Según el censo de 1887, existen en aquella villa unas 3.702 almas. 

El 6 de Septiembre de 1877 desencadenose una horrible tempestad, seguida de lluvias torrenciales que inundaron las calles, derrumbando gran número de edificios, los cuales no aplastaron a multitud de vecinos providencialmente, puesto que la catástrofe ocurrió a las diez de la noche, hora en que ya estaban acostados la mayor parte. 

Y, vean ustedes lo que son las cosas: no hay mal que por bien no venga. 

Aquella inundación destruyó algunas calles angostísimas y sucias, y hoy se contempla en su lugar anchurosas avenidas que contienen innúmeros arbustos. 

Hay varios molinos harineros; fábricas de chocolates de Ballestero hermanos y Dª Francisca Ballesteros, fábrica de paños de D. Justo Hernández, Viuda e hijo de Casas y Ortega hermanos; tenerías y otras industrias. 

Existen dos conventos de monjas, un Hospital, un Pósito y catorce fuentes públicas, entre ellas la llamada Blanquina, que tiene doce hermosísimos caños. 

Si en vez de agua fuese quina, yo juro que la Blanquina haría rica a Brihuega… 

¡Caballeros lo que riega con doce caños la indina! 

Y a pesar de todo esto, y de la abundancia de agua que existe en la villa birocense, pudimos contemplar operaciones nada saludables ni higiénicas, y capaces de acabar con el estómago del caballo de Aquiles. Se impone, es de verdadera necesidad, la construcción de alcantarillado en aquella villa y creemos que tal reforma podría hacerse a poca costa, dada la pendiente y la exuberancia de aguas que allí existen.

Obras importantísimas son las que se están realizando en el barranco de las Tenerías, pues en virtud de la memoria escrita por el Subdelegado de Medicina, nuestro querido amigo D. Ricardo Martínez, el Ayuntamiento acordó cubrir con escombro aquellos parajes para evitar sean un foco de insalubridad, cooperando a este fin D. José Marlasca, ilustrado maestro de obras; pero esto no es suficiente y se hace preciso pensar en la realización de lo que, guiados de las mejores intenciones, proponemos. 

El cementerio de Brihuega es, al contrario de la mayoría de estos lugares, pintoresco y alegre. 

Situado en el vetusto castillo de la Torre de Bermeja, consta de dos patios, desde los cuales se descubre toda la extensa vega a cuyos pies se desliza el Tajuña. 

Vamos, que dan ganas de morirse en Brihuega, sólo porque le entierren a uno en aquellos encantadores lugares, en cuyas paredes se leen aquellas preciosas décimas de Jorge Manrique que empiezan: “Nuestras vidas son los ríos que van a dar en la mar, que es el morir”. 

Junto al patio superior existe una preciosa capilla bizantina, hoy convertida poco menos que en basurero inmundo, cosa lamentable y que veríamos con gusto tomase el Ayuntamiento de Brihuega alguna medida para remediarlo y conservar tan preciada joya arquitectónica. 

En el patio inferior nos detuvimos algunos instantes junto a la fosa que encierra los restos de un desventurado criminal donde, empotrada en el muro, se lee esta sentida inscripción:  A la memoria del inolvidable Manuel Parra Ejecutado el día tantos de tantos. Recuerdo de dos almas piadosas.

La cual lápida, que demuestra palpablemente la veneración que en Brihuega se rinde a la memoria de los muertos, inspiró a nuestro eminente amigo Sr. Feliú y Codina el argumento de su obra Miel de la Alcarria. 

Además de la Torre Bermeja, ya mencionada, existen en Brihuega diversos restos de su antigüedad, como el atrevido y esbelto arco de Pozagón y la Puerta de la Cadena, por la que el 9 de Diciembre de 1710 dio el asalto el ejército castellano al frente del cual iba el rey Felipe V, estando ocupada la villa de Brihuega por las tropas anglo-holandesas al mando de Lord Stanhope.

Uno de los lugares que más detenidamente visitamos, fue la parroquia de Santa María. Es un templo espacioso, ampliado a fines del siglo XI y, al igual de las otras tres parroquias, San Miguel, San Felipe y San Juan, es del período ojival, o comúnmente gótico. 

Parcerisa, en su obra Recuerdos y bellezas de España, opina que las iglesias de Brihuega tienen poco de notable en su edificio. 

Quien quiera que visite la parroquia de Santa María opinará todo lo contrario, puesto que es una obra meritísima y digna de fijar en ella la atención. 

Allí se venera la sagrada imagen de la Patrona de la villa, Nuestra Señora de la Peña. Es una antiquísima escultura de ignorada madera, de faz hermosísima y color muy moreno, que tiene sobre su mano izquierda un precioso Niño Jesús. Movidos por una invencible curiosidad, levantamos algún tanto las anacrónicas vestiduras con que la piedad más antiartística figurase adornar la hermosísima imagen, y admirados contemplamos los ropajes y manto pintados en la misma escultura, esmaltados por multitud de florecillas y azucenas, que campan sobre oro y carmín. 

En este número publicamos una fotografía de la Virgen, despojada de vestiduras acerca de las cuales dice D. Vicente de la Fuente que “la imagen, ridículamente disfrazada según el depravadísimo gusto de vestir imágenes que se introdujo en el siglo XV, oculta bajo sus ricos trapos un remoto origen, siquiera por su talla no se la crea anterior al siglo XI”. 

En el camarín de la Virgen y guardada cuidadosamente en una especie de urna empotrada en la pared existe una paloma disecada, de la cual se refiere posóse en los hombros de la imagen cierto día en que ésta fue sacada procesionalmente, y por más que la hostigaran no se apartó, permaneciendo muy cerca de ocho años en el citado camarín. 

Acerca de la aparición de la Virgen, vamos a relatar a nuestra manera: 

Hay en Brihuega un castillo que llaman Torre Bermeja, y en el que según las crónicas residió joven doncella, hermosa como la aurora y pura cual la azucena. Era Elima hija querida de Maimón, que con fiereza defendió la “media luna”, pues solo a su hija y a ella adoraba el enemigo de las huestes nazarenas. Al servicio de la dama marchó un esclavo a Brihuega, viejo moro que a la madre de Elima también sirviera, gran narrador de sucesos, hechos de armas y consejas. Un día a su fiel esclavo llamó la dama hechicera, y le dijo: - Ponce, quiero, pues de mi madre te acuerdas, que me refieras su historia ya que yo por mala estrella la perdí siendo muy niña sin llegar a conocerla. –Señora,- contestó el moro- ¡ya veis si sois linda y buena! Pues así era vuestra madre, a quien lloramos hoy muerta. –Bien, pero… -Basta, comprendo; horrible y triste es la prueba, mas la queréis… - ¡os la exijo! – Pues bien, Elima, sabedla: Vuestra madre era cristiana, mas un día prisionera cayó en poder de nosotros, y al mirar su gentileza, Maimón, mi dueño y señor hizo su esclava de ella. –¡Calla, Ponce!… - Lo exigisteis… y yo cumplí mi promesa. Mas os juro por mi nombre que aunque poco hablé con ella, advertí en todos sus actos un no se qué de grandeza, hasta el punto, que ¡yo mismo! Dudé de nuestras creencias. –hiciste bien, Ponce amigo, los dos seamos cual ella, ¡pues la hija de una cristiana no debe ser agarena! 

Asomada a un ajimez de la alta Torre Bermeja que cual fantasma gigante entre las sombras se eleva, se encuentra la bella Elima pura cual una azucena. La ciudad está en silencio, todo desierto se encuentra y solo se oye el susurro del Tajuña, que la vega cruza cual reptil de plata en que la luna riela. El ruiseñor en la fronda canta sus tiernas endechas, en tanto que la cristiana a Dios por su madre reza.

De pronto mil resplandores bajan del monte a la vega, entre notas de armonía que el viento en sus alas lleva. Y llegando hasta el castillo, surge de pronto en la peña sobre la que se abre erguida la moruna fortaleza, una mujer de ojos negros, blondo pelo, y tez morena, hermosa como ninguna por su candor y pureza, llevando un niño en sus brazos, hermoso como una estrella. Elima quedad extasiada, dobla la rodilla en tierra, y exclama llena d júbilo: ¡bendita, bendita seas! Bendita si, Virgen santa, que has bajado hasta la peña donde pensando en ti vive la que un día fue agarena y hoy a tus plantas rendida ser tu fiel sierva desea. 

Y según cuentan las crónicas, aquella hermosa doncella, sobre la escarpada roca en donde a la Virgen viera, mandó hacer un santuario a donde todo Brihuega va a rendir pleito homenaje a la Virgen de la Peña. 

Y, ahora, vamos a lo mas peliagudo, o sea, la política. 

Los partidos mas numerosos son los que allí se conocen por el nombre de Arriba y el de Abajo. 

El primero, acaudillado por D. Antonio y D. Justo Hernández, D. Bernardo López, D. José Pajares y otros, antes conservadores y hoy silvelistas. 

El segundo, fusionista, está dirigido por D. Hermenegildo Pérez y D. Ricardo Martínez. 

El partido Carlista cuenta con numerosos defensores, pero sin un jefe caracterizado y de prestigio. 

Los pocos canovistas que hay tienen por leaders a D. Julián Peña y D. Álvaro Sotillo. 

Y al Alcalde Cepero. 

Al que tuvimos la honra de saludar en la Casa Consistorial.

Después de comer nos dirigimos al casino, acompañados del simpático e inteligente juez de primera instancia Sr. Adriaensens, en donde habíamos quedado citados con varios amigos. 

Es un local espacioso y bien decorado al que los hijos de Brihuega acuden por las tardes a tomar café y a comentar la política del día y los acontecimientos mas importantes de la población. 

Allí lo pasamos, como en todas partes, agradabilisimamente, hasta que nuestro querido corresponsal nos manifestó que la orquesta de cuerda de Cifuentes quería obsequiarnos con una serenata por teléfono. 

¡Caracoles, por teléfono! Eso si que es prosperar: la orquesta toca en Cifuentes y aquí se puede bailar! 

Y como no era cosa de poca importancia, nos dirigimos a la oficina de telégrafos, donde tuvimos ocasión de oír las armoniosas notas arrancadas a las cuerdas por manos invisibles y desconocidas… para nosotros; y dando las gracias a los individuos de la orquesta, porque otra cosa no era posible darles a aquella distancia, nos dirigimos a la grandiosa morada que en la parte alta tiene nuestro querido y antiguo amigo D. Antonio Hernández. 

Es un edificio hermoso, en el cual se hallan instaladas las célebres fábricas Nacionales de paño, construidas en tiempo de Fernando VI y Carlos III. El Sr. Hernández, con la amabilidad que le caracteriza, nos recibió en su precioso jardín, presentándonos a sus distinguidas señora e hijas. 

No se puede pedir sitio más precioso y pintoresco. Está situado sobre la antigua muralla al lado izquierdo de la vega, desde donde se advierte una perspectiva encantadora; divísense los magníficos Batanes del Rey, la Huelgas de las señoras, el puente sobre el Tajuña y multitud de molinos y alamedas. 

En aquel delicioso lugar estuvimos hasta las ocho de la noche encantados con la agradabilísima conversación de la familia del Sr. Hernández y lo hermoso del panorama. 

Allí también tuvimos el gusto de saludar al Sr. D. Justo Hernández con su señora e hija Mariita, al simpático D. Bernardo López y al Dr. Sr. del Rió. Y sintiendo tener que abandonar aquel sitio, nos despedimos llevándonos el recuerdo de las muchas atenciones que se nos dispensaron. 

Cuando salimos de allí, en la olmeda de las Eras, se hallaban las lindas hijas de la villa de Brihuega, donde una banda de música ameniza con sus piezas aquel hermoso paseo, en el que su gentileza lucen las bellas devotas de la Virgen de la Peña. 

Y, para terminar, cúmplenos dar las mas expresivas gracias a todos cuantos señores nos honraron con sus distinciones y compañía, especialmente a nuestros queridos amigos D. Antonio y D. Justo Hernández, D. Ricardo Martínez, D. Jesús Gómez, D. Manuel González Ruiz, D. Alberto Belmonte, D. Manuel Sagredo, D. Pedro Marlasca y D. Diego Ruiz del Castillo, párroco de Santa María. 

Y ahora, - no se trata de ningún anuncio,- el que vaya a Brihuega que se hospede en la fonda de Antonio Pajares. 

Y después, nos dará las gracias, como nosotros se las dimos a ella. 

LA REDACCIÓN